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Sombrero Carroñero

jueves, 7 de mayo de 2020


A través de los huecos vacíos de los tablones del cobertizo, conté los cuerpos. 

Seis. Seis llevados fuera de la comunidad y arrastrados hacia el Sombrero Carroñero; así habíamos bautizado a aquel lugar.

La inmundicia humana se servía por medio de un camino rojopolvoriento repleto de púas de genista bermejo. Me limpié el sudor que caía sobre mis ojos para volver a fijarme en cómo los vivos cargan con lo inerte y cómo ese fatídico paso desvela al hombre lo que es inevitable.

Tosí. 

Volví a limpiarme el sudor, la nariz y los restos de mi boca.

Cuando pude regresar la vista comprobé los talones descalzos y teñidos de rojos, de los muertos; y cómo estos abrían surcos sobre los surcos del camino rojopolvoriento

El polvo rojonebuloso se suspendía y ralentizado descendía del cielo y trémolo ascendía desde el suelo. A deuda y consecuencia, todos debíamos respirar. 

Tosí. 

Solté el mango de la horquilla de estiércol y lo dejé caer sobre el chillido de un cerdo. Un cerdo igual de teñido que todo lo demás. Miré sus pezuñas al igual que la suciedad bajo mis uñas, su piel la tierra de las líneas de las palmas de mis manos, sus orejas y el esparcido a talco sobre mis botas y mi ropa: rojo. Absolutamente rojo. 

Tosí. 

Oí chillar a un cerdo. 

Aquel polvo llegó con aviso previo; una explosión seguida del temblor de los prados, de las nubes, del aliento... Las dos primeras semanas perecieron los ancianos, los niños menores de cinco años y los que mal tuvieran el cuerpo; solo los fuertes al cambio resistieron dos semanas más; perecieron los terneros, las vacas, las gallinas y los caballos. Perecieron los perros, menos los cerdos.

Se fue mi padre. Le siguió mi madre y también el señor Miau. Jamás supe del dolor de la pérdida hasta que se fue mi señor Miau.

Tosí. 

Tosí con más virulencia y decidí que era hora de descansar y dejar que los muertos llegaran a su destino en paz. Así que caminé sobre el estiércol, aunque no sé cuánto tiempo tardé en acostarme en uno de los catres. A la izquierda, una hilera de chicas de miradas embotadas imitaban cada uno de mis movimientos. No recuerdo sus nombres. Tampoco ellas recuerdan el mío. 

En silencio cierro los ojos en un intento por tomar el control. El sonido de las respiraciones van in crescendo como cornetas que surgen arrítmicas a la caída del sol. 

Se hizo difícil para nosotras, cuánto más para los chicos que dejaron sus quehaceres y, de rodillas, se abrazaron a nuestros vientres rojos. 

Llegó el momento de relegar, que tomen ellos nuestros catres, que sean ellos los que tomen nuestras ropas, el esparcido de talco sobre las botas, la tierra de las líneas de las palmas de las manos y la roja suciedad bajo las uñas. 

Supongo, en este costoso y último pensamiento, que el Sombrero Carroñero pronto alargará su vuelo a la comunidad y acabará con todo lo que quede para entonces vivo: los rojos cerdos.


Autor: Maríe Yuset
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