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Sí, Agustín

lunes, 11 de mayo de 2020
Relato por Maríe Yuset: Sí, Agustín.



Quería cerrar la boca. De verdad que quería cerrarla, pero, cada vez que conseguía apretar los labios, otro llanto la desafiaba al dolor y volvía a abrir la boca para que el frío golpeara sus encías y para que el gemido atormentado brotara con ese efecto visible y denso que nace en el invierno a causa del vaho.

Corría, corría dando algunos traspiés y tropezando con los transeúntes que se volvían para mirarla e increparle algún: «¡Mire por dónde va!». O un «qué le pasa, ¿está loca?». Pero el chaquetón la hacía sudar y a duras penas le permitía expandir su llanto como debía, mucho menos podía volverse a contestar.

Su deseo era llegar cuanto antes a la estación de ferrocarril. Que el tren hacia Aldea no partiera sin que ella pudiera entregar los besos que negó a su amor la noche anterior, cuando le había pedido matrimonio. Al llegar al puente, logró distinguirlo parado con la maleta y el sombrero de lana que ella le había regalado. «¡Agustín!», gritó al tiempo que sus botas se hundían en un charco de agua. «¡Agustín! Digo que sí». Pero Agustín seguía de espaldas con los hombros rígidos. A tal distancia, sería imposible que lograra oírla.

Ana corrió y sacó la bufanda que llevaba en el bolsillo. La zarandeó enérgica por encima de su cabeza, con su vaho visible, con cada «sí, sí, quiero, ¡Agustín!», cada nuevo traspié y cada charco hundido que se le atravesaba durante el recorrido.

A lo lejos, vio el brillo del acero negro que se avecinaba rápido, formidable, con su suave oscilación y con la articulación de las ruedas soportando el peso de los vagones. Agustín, rígido, y ella desesperaba por hacerse notar. El gentío se amontonó a lo largo del andén cuando llegó el tren con la estridencia de su silbido. «Ya queda menos», pensó a salvo de un metro cuando estiró el brazo para tocar su hombro y abrazarlo para siempre; pero Agustín se adelantó vertiginoso un segundo antes de que lo rozara. Ana tropezó con la maleta y la gente gritó. Entonces, a codazos, entró en el espacio vacío a orillas del andén.

El gorro de lana ella veía. La cabeza de Agustín, también comprendía...

Sobre las vías; su torso maltrecho se perdía en el revoltijo de un cuerpo al que debió entregarle su amor.

Ana abrió la boca en un grito y lloró. Los jefes de estación, los avisadores, los maquinistas y los guardanoches dicen desde entonces que la mujer, a pesar de los años, vuelve cada día y repite con voz insistente: «¡Sí, Agustín, te digo que sí!».



Autor: Maríe Yuset
Sí, Agustín © 2020 Todos los derechos reservados
nº 2005113970620
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