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Uno de los dos debe morir

miércoles, 20 de mayo de 2020
Cálamo and Cran


Encontrarse con uno mismo en un salto de espacio-tiempo es lo peor que te puede ocurrir. Cuando sucede, tienes dos opciones. Una, esperar y ver cómo tu cuerpo se desintegra lentamente… He oído que para algunos comienza por las manos, ves cómo desaparecen los dedos, las muñecas, el antebrazo. Se granula como la arena de un reloj y cae haciendo un monturrio del color de tu piel, el rojo sangre y el blanco hueso. Dicen que no sientes dolor, pero que los gritos suelen parar el tráfico, el canto de los pájaros y hasta la voz del viento que se detiene y se toma un silencio. Para otros, puede empezar por los pies. Imaginaos. Imaginaos un momento: tus zapatos monturrio-de-arena-a-razón-del-calzado y tus rodillas caen. Gritas. Le siguen tus caderas a razón del color del pantalón, la piel, el rojo y el blanco hueso. Y gritas otra vez. Supongo que, en cuanto la cosa llega a los pulmones, acompañas al viento en tu velatorio riguroso. El otro yo debe reír, suspirar o levantar la mano en señal de «que te vaya bien»… Un adiós bastante desagradable. En fin. Debe molestar bastante que tu yo siga intacto mientras tú te granulas en un monturrio multicolor sobre el asfalto. Lo extraño de todo esto es que no se sabe a cuál de los dos le va a suceder y se cree que se debe a un golpe de suerte.
Me llamo Alan, dueño del popular concesionario de coches de segunda mano Compact Car. Como verás en la imagen de la hemeroteca de espacio-tiempo, me decidí por la segunda opción. Mi otro yo tomó la misma decisión.

Llevaba meses reuniendo para uno de esos packs de "Viajes al Jurásico". En defensa personal, lo hice con mi hacha Tomahawk en mano, por si me cargaba en el recorrido a algún Velociraptor o uno de esos Spinosaurus con espinas en las vértebras. En fin. Que mientras yo regresaba de pasármelo bomba, supuse que el imbécil de mi otro yo debió pagarse un viaje de "Regreso al día más feliz de tu vida" y se integró justo al mismo tiempo en que lo hacía yo. Claro que, en cuanto su cuerpo terminó la integración, entendí que, si él había llegado a mi espacio tiempo, a mi ahora, no era para decirme lo bien que nos iba a los dos en los negocios del futuro. Aquel yo llevaba un pantalón de un tejido amarronado de esos de la cadena "Vístete como un magnate a precio de empleado" y una camisa por fuera del cinturón inexistente a manga corta. Me quedé pasmado. Yo jamás vestiría sin mis trajes de Brioni, de Alexander Amosu o, por lo menos, los New Armani. Así que uno de los dos debía morir. El yo tenía un tembleque en la mano derecha, donde sujetaba una pistola H&K USP SD con opción para montar silenciador del calibre 9. Estaba dispuesto a matarme. A quedarse con mi ahora. Aquel desgraciado había perdido todo mi imperio en "poco-me-importó-preguntarle-en-qué", así que le lancé como un vikingo loco el hacha. Lo vi rotar en un ángulo vertical de 360° y clavársele en el omóplato izquierdo. El yo se tambaleó un par de pasos hacia adelante y otros dos hacia atrás, antes de terminar de desincrustarse el hacha de la carne. Después, me miró con los ojos exagerados como balones de fútbol, los dirigió al hacha y lo dejó caer atrás. La hoja resplandeciente partió el asfalto. Yo me quedé quieto. Esperando. El yo no había muerto. ¿Cómo iba a hacer? No disponía de mucho tiempo. El yo levantó el brazo con tembleque y su pistola H&K. Disparó. Disparó sin pestañear siquiera. Juro que vi la bala lenta. Lenta y directa hacia ese lugar al que llaman tercer ojo en la cara. Y certifico que la vi con mi sonrisa bien puesta porque el yo chorreaba por el cuello; dejándome a la vista la gozosa exposición de su arteria femoral abierta.

Alan se iba...
También lo haría yo…

Aprecié su desplomo primero, antes de que lo hiciera el mío. Al fin y al cabo, los aparcamientos del concesionario Compact Car seguían siendo míos. Míos, hasta el último gránulo del monturrio sobre el asfalto.

Autor: Maríe Yuset
Uno de los dos debe morir © 2020 Todos los derechos reservado

Nº Registro Safe Creative 2005194053908

Sí, Agustín

lunes, 11 de mayo de 2020
Relato por Maríe Yuset: Sí, Agustín.



Quería cerrar la boca. De verdad que quería cerrarla, pero, cada vez que conseguía apretar los labios, otro llanto la desafiaba al dolor y volvía a abrir la boca para que el frío golpeara sus encías y para que el gemido atormentado brotara con ese efecto visible y denso que nace en el invierno a causa del vaho.

Corría, corría dando algunos traspiés y tropezando con los transeúntes que se volvían para mirarla e increparle algún: «¡Mire por dónde va!». O un «qué le pasa, ¿está loca?». Pero el chaquetón la hacía sudar y a duras penas le permitía expandir su llanto como debía, mucho menos podía volverse a contestar.

Su deseo era llegar cuanto antes a la estación de ferrocarril. Que el tren hacia Aldea no partiera sin que ella pudiera entregar los besos que negó a su amor la noche anterior, cuando le había pedido matrimonio. Al llegar al puente, logró distinguirlo parado con la maleta y el sombrero de lana que ella le había regalado. «¡Agustín!», gritó al tiempo que sus botas se hundían en un charco de agua. «¡Agustín! Digo que sí». Pero Agustín seguía de espaldas con los hombros rígidos. A tal distancia, sería imposible que lograra oírla.

Ana corrió y sacó la bufanda que llevaba en el bolsillo. La zarandeó enérgica por encima de su cabeza, con su vaho visible, con cada «sí, sí, quiero, ¡Agustín!», cada nuevo traspié y cada charco hundido que se le atravesaba durante el recorrido.

A lo lejos, vio el brillo del acero negro que se avecinaba rápido, formidable, con su suave oscilación y con la articulación de las ruedas soportando el peso de los vagones. Agustín, rígido, y ella desesperaba por hacerse notar. El gentío se amontonó a lo largo del andén cuando llegó el tren con la estridencia de su silbido. «Ya queda menos», pensó a salvo de un metro cuando estiró el brazo para tocar su hombro y abrazarlo para siempre; pero Agustín se adelantó vertiginoso un segundo antes de que lo rozara. Ana tropezó con la maleta y la gente gritó. Entonces, a codazos, entró en el espacio vacío a orillas del andén.

El gorro de lana ella veía. La cabeza de Agustín, también comprendía...

Sobre las vías; su torso maltrecho se perdía en el revoltijo de un cuerpo al que debió entregarle su amor.

Ana abrió la boca en un grito y lloró. Los jefes de estación, los avisadores, los maquinistas y los guardanoches dicen desde entonces que la mujer, a pesar de los años, vuelve cada día y repite con voz insistente: «¡Sí, Agustín, te digo que sí!».



Autor: Maríe Yuset
Sí, Agustín © 2020 Todos los derechos reservados
nº 2005113970620

Sombrero Carroñero

jueves, 7 de mayo de 2020


A través de los huecos vacíos de los tablones del cobertizo, conté los cuerpos. 

Seis. Seis llevados fuera de la comunidad y arrastrados hacia el Sombrero Carroñero; así habíamos bautizado a aquel lugar.

La inmundicia humana se servía por medio de un camino rojopolvoriento repleto de púas de genista bermejo. Me limpié el sudor que caía sobre mis ojos para volver a fijarme en cómo los vivos cargan con lo inerte y cómo ese fatídico paso desvela al hombre lo que es inevitable.

Tosí. 

Volví a limpiarme el sudor, la nariz y los restos de mi boca.

Cuando pude regresar la vista comprobé los talones descalzos y teñidos de rojos, de los muertos; y cómo estos abrían surcos sobre los surcos del camino rojopolvoriento

El polvo rojonebuloso se suspendía y ralentizado descendía del cielo y trémolo ascendía desde el suelo. A deuda y consecuencia, todos debíamos respirar. 

Tosí. 

Solté el mango de la horquilla de estiércol y lo dejé caer sobre el chillido de un cerdo. Un cerdo igual de teñido que todo lo demás. Miré sus pezuñas al igual que la suciedad bajo mis uñas, su piel la tierra de las líneas de las palmas de mis manos, sus orejas y el esparcido a talco sobre mis botas y mi ropa: rojo. Absolutamente rojo. 

Tosí. 

Oí chillar a un cerdo. 

Aquel polvo llegó con aviso previo; una explosión seguida del temblor de los prados, de las nubes, del aliento... Las dos primeras semanas perecieron los ancianos, los niños menores de cinco años y los que mal tuvieran el cuerpo; solo los fuertes al cambio resistieron dos semanas más; perecieron los terneros, las vacas, las gallinas y los caballos. Perecieron los perros, menos los cerdos.

Se fue mi padre. Le siguió mi madre y también el señor Miau. Jamás supe del dolor de la pérdida hasta que se fue mi señor Miau.

Tosí. 

Tosí con más virulencia y decidí que era hora de descansar y dejar que los muertos llegaran a su destino en paz. Así que caminé sobre el estiércol, aunque no sé cuánto tiempo tardé en acostarme en uno de los catres. A la izquierda, una hilera de chicas de miradas embotadas imitaban cada uno de mis movimientos. No recuerdo sus nombres. Tampoco ellas recuerdan el mío. 

En silencio cierro los ojos en un intento por tomar el control. El sonido de las respiraciones van in crescendo como cornetas que surgen arrítmicas a la caída del sol. 

Se hizo difícil para nosotras, cuánto más para los chicos que dejaron sus quehaceres y, de rodillas, se abrazaron a nuestros vientres rojos. 

Llegó el momento de relegar, que tomen ellos nuestros catres, que sean ellos los que tomen nuestras ropas, el esparcido de talco sobre las botas, la tierra de las líneas de las palmas de las manos y la roja suciedad bajo las uñas. 

Supongo, en este costoso y último pensamiento, que el Sombrero Carroñero pronto alargará su vuelo a la comunidad y acabará con todo lo que quede para entonces vivo: los rojos cerdos.


Autor: Maríe Yuset
Sombrero Carroñero © 2020 Todos los derechos reservados
 2001192900916


Junto al arroyo

miércoles, 1 de enero de 2020


—Sí, ¿diga?

—Luis, cariño. Estoy esperándote. Tengo tantas ganas de verte… Estoy junto al arroyo, bajando la ladera. A la sombra del roble que se apaga cuando arremeten las nubes contra él…

—¿Oiga?

—Luis, soy yo. Olvidé decirte cuánto te quiero. Estoy justo donde la corriente se detiene. En la desembocadura del arroyo, ¿recuerdas? Sentada sobre la piedra musgosa y tornadiza que dejó estampados verdinegros en tus pantalones, la que si cierras un ojo y ladeas la cabeza deja de ser una piedra y parece una rana panza arriba. Es sorprendente. Aquí nos cogimos de la mano la primera vez. Aquí nos declaramos después de que me cubrieras de besos… El arroyo ahora apenas lleva agua, ¿sabes?

—Disculpe, no oigo nada… ¿Quién es?

—Soy yo, Carla, ¿me oyes? Te espero aquí, cariño, que nuestra piedra sigue siendo igual de confortable. Recuerdo que saltábamos desde aquí cuando el caudal se desbordaba y el arroyo parecía una piscina viva y fresca. Cómo brillaba el agua cuando caían las hojas de las hayas, cuando el roble presumía de su reflejo en el cauce detenido… Ya no. Ahora el arroyo es opaco, triste, y el vaivén del agua pastoso y lento, por culpa del lodo. Pero sigue llegando hasta aquí el eco de los estudiantes en el campus, y si cierro los ojos puedo ver los dos edificios centrales, la residencia y hasta la ventana de mi habitación. También veo el parque y el camino mal iluminado que lleva a la biblioteca.

—Disculpe, voy a tener que colgar. No consigo entender nada.

—Oh, Luis, no. No, por favor, no cuelgues. No debí quedarme en la biblioteca hasta tan tarde. Debí escucharte, cariño. A la salida, la furgoneta ya estaba allí. Me siguió… Te juro que en cuanto me di cuenta comencé a correr tan deprisa como pude; pero las ruedas chirriaron y bloquearon mi huida. Primero oí el portazo del conductor. Enseguida, la puerta corredera que se abrió frente a mí. Me quedé petrificada cuando de ella salieron dos, y el del portazo… El de la gorra con el águila blanca, ¿recuerdas? El tipo del diente partido al que le dijiste aquel día que dejara de mirarme… Se abalanzaron sobre mí, Luis. Quise patalear, gritar —¡socorro, ayúdenme, socorro!—. Uno selló mi boca con sus dedos. Ahí pataleé, cariño, pataleé hasta que me quedé sin fuerzas. Otro me golpeó en el estómago. Me subieron a la furgoneta: viciado olor a hierba, alcohol pestilente, golpes, dolor, angustia —¡socorro, ayúdenme, socorro!—. Terror, rabia, impotencia, metal en mi boca… Trago mi propia sangre punzante, late, quema… Acaben las manos, acaben los cuerpos, ¡dios, ayúdame! Que acaben sus bocas, que acaben… Acometidas, una tras otra, por turnos, un infierno de resignación, repugnancia hasta el final, palos y patadas. Creí que podría irme a casa, Luis, creí que podría volver contigo, amor… Pero corrió mi sangre bajo su ira, quedé como un bulto deshecho, un saco de boxeo viejo, rojo, desgarrado.

—Carla, por dios, ¿eres tú? Esto va a volverme loco…

—Oh, sí, sí, mi amor, soy yo. No estás loco. ¡No cuelgues! ¡Gritaré más fuerte! ¿Puedes venir a por mí? ¡Ellos me dejaron aquí, en el fondo del arroyo! Hace tanto ya que las hayas han sido guillotinadas… Si te fijas, semihundido en el cauce, puede verse el resto de mi mano. Soy una silueta, soy el destello plateado… Una especie de anillo fantasmagórico sobre la rana… Igual que el arroyo, también he cambiado. Pero aquí te espero. Tengo tantas ganas de verte…

Un clic. Un final de llamada.

Una pausa. Un nuevo tono.

—Sí, ¡¡dígame, por dios!!

—Luis, cariño. Estoy esperándote. Tengo tantas ganas de verte… Estoy junto al arroyo, bajando la ladera. A la sombra del roble que se apaga cuando arremeten las nubes contra él…




Autor: Maríe Yuset
Junto al arroyo © 2017 Todos los derechos reservados nº1708043231038

Versión en inglés: http://www.marieyuset.com/2019/09/by-stream.html