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Estoy afuera

martes, 1 de enero de 2019


Sé que estás leyendo esta carta. La he dejado en el bolsillo de tu chaqueta esta mañana; antes de que te marcharas. 
Me hubiera gustado llamarte pero no me permites hacerlo, así que, como sé que vas a encontrarla, espero que te grabes cada una de mis palabras.
Estoy afuera. Y lo he entendido todo. 

He pulido y sacado brillo a mi antigua armadura, ¿la recuerdas?, ¿aquella que tanto detestabas cuando me conociste? De la que me despojé para enamorarme de ti. La que guardé bajo llave. Llave que perdí al fondo de este agujero, un agujero que me hiciste creer cálido. Mea culpa, lo confieso; yo consentí que lo cavaras para mí. Pero ahora estoy afuera y lo he entendido todo. Me dejé vencer. Rendí a mi guerrero. 

Lo supe al abrir el portón de esta casa, cuando las primeras columnas de luz atravesaron las bisagras y se quejaron más de lo que pude entonces hacerlo yo. La mañana afectó a mi dolorido cuerpo; no era grato salir de las sombras, no cuando llevas tanto tiempo hundida entre ellas. Estuve a punto de volver a cerrar el portón y meterme de nuevo en la cama, envuelta entre mantas, guarecida... «¡Deja de tambalearte!», me dije entonces; mientras aseguraba mis tacones a los empedrados de la calle. «Anda con cuidado…», me dije. Las cosas aveces empeoran si no te andas con sumo cuidado, ¿verdad, Pablo? 
Conseguí llegar a pesar de tocar varias veces mis tacones más allá de la plaza de San Antonio Abad y me puse las gafas de sol. Cada paso me aturdía y violentaba el dolor de mi cabeza. Dónde quiera que mirara se hacía insoportable y miles de estrellas chispeantes me atacaban; ¿cómo esas purpurinas que adornan los trajes de carnaval?, pues igual, hasta hacer llorar mis ojos. 

Aferré el bolso a mi vientre. Yo solo deseaba llegar... 

Por la escalera trasera de la catedral, giré a la izquierda por otra callejuela; la misma donde antaño se alzaba parte del Hospital de San Martín. No pude evitar que se me revolvieran las tripas, sabiendo que bajo mis pies se hallaban cientos de cuerpos enterrados; no por los cuerpos de los adultos; sí por los huesos de los niños. ¿Sabías que, en aquel hospital, se había habilitado una zona para niños abandonados? Madres que se separaban de sus bebés por la extrema pobreza de aquellos tiempos. Madres que convivían en el barrio junto a los moradores hombres de las casas señoriales. Esos bebés eran colgados de las puertas y ventanas del hospital; lo hacían para evitar que las ratas mordisquearan sus cuerpecillos. La calle debía apestar a fango y a heces. Igual que apestaría el narcisista rico de aquel entonces, padre de uno o más bebés..., y que pasaría por allí sin tan siquiera mirar... Los narcisistas no han cambiado tanto. Son como las ratas. Están por todos lados. De esas criaturas no te puedes librar sin pelear. 

«—¡Diana!» 
No te asombres, Pablo, si escribo su nombre, quizás comiences a sudar cuando llegues a esta parte de la carta. Sí. Era Teresa. Inspiré con fuerza y expulsé el aire lento. Te digo que tuve náuseas. 

Su pelo, perfecto, espeso y ondulado, lo recogía detrás de las orejas. Las cejas pobladas se alzaban sobre sus ojos intensos con la profunda y sincera felicidad reflejada en ellos. Pantalones vaqueros de esos en apariencia desgastados pero de los caros y la camiseta de algodón negra de manga corta ajustada a su torso perfecto y siliconado… Sois tal para cual. 

«—Hola —le dije». 
Me arrastró del brazo hasta sentarme en una de las sillas vacías de la cafetería El canalla de Vegueta. 

«—Hacía meses que no te veía — dijo —, ¿qué hay de tu vida? Aunque es cierto que sé un poco de ti gracias a Pablo. Me ha dicho que seguís en contacto después de tu despido». 

«Tranquilo, Pablo, no te alarmes y sigue leyendo...». 

«—Hace tiempo que no sé de él —contesté». 

«—Estamos genial. Eso sí, Pablo viaja mucho. Dos días aquí, tres días allí, a veces tengo suerte y regresa al día siguiente por la mañana. Acabamos de celebrar nuestro octavo aniversario». 

¡Vaya! Felicidades ante todo, y no te irrites, que tampoco contesté.

«—Además…—siguió Teresa —, vamos a ser papás».

El silencio fue estruendoso como un grito. ¿Puedes oírlo tú también? 

Escuché relatar toda vuestra velada mientras solo podía pensar en aferrar el bolso contra mi vientre y que las jodidas estrellitas desaparecieran de una puta vez. 

«—Discúlpame —dije».  
Me levanté. Me fui. 

Entonces pensé por primera vez en escribir esta carta, y qué incluir en los primeros párrafos. 

Lo único que tenía claro, Pablo, era: estoy afuera y lo he entendido todo. 

Ahora sé que estarás de pie, granítico e irritado, con tu puño cerrado mostrando unos nudillos tensos y desafiantes, justo ahí, donde llevas la alianza. En la otra mano, la carta alzada que sé que estás deseoso de poder romper. No te preocupes, lo entiendo, sé por qué lo has hecho; cuando me conociste, descubriste a un guerrero muchísimo mejor que tú; más audaz, leal y bello, repleto de savia libre, con una armadura tan brillante que hacía eclipsar a tu negra coraza narcisista. ¿Una mujer por encima de ti? No ¿Verdad, Pablo?

Mea culpa. 

Quiero que sepas que tu coraza, alejando de mí la hipocresía, siempre vi, tal y como era; renegrida, morada ferviente de las mentiras. No sé cómo, pero con alguna droga o trance me anestesiaste, me cegaste y me rendí. Y aunque una vocecilla me susurrara un: aléjate, hazlo, vuélvete despacio; me dejé llevar por tu abrigo protector y el albergue de un futuro juntos. Hasta que, esa mañana, no solo abrí el portón, no solo me dejé rodear de luz, sino que tuve la bienaventurada conversación con Teresa. Y entonces entendí. Y entonces la migraña desapareció. Eras tú, siempre tú y solo tú el causante de todo este dolor.

Para ti queda el asco total y el desprecio. He excavado el fango que lanzaste sobre mi cabeza durante todos estos últimos años de esperas y promesas. Las uñas me han sangrado excavando este agujero los días que tú no has estado. Y a pesar que el agujero volvía a derrumbarse he seguido fiel en mi empeño por salir y hasta del fango me he alimentado. Me harté de esperarte, de mi desidia, de mi pérdida de valentía. Me harté de ser vencido, de ser quebrado y de ser guerrero enterrado. 

Fue ese mismo día, ¿lo recuerdas?, ¿cuándo estaba desesperada por llamarte? Llegaste después y abriste el portón con todos tus aires de grandeza y hablamos. Ni siquiera te acercaste. ¿Dónde te quedaste, Pablo? ¿En la puerta de mi alcoba? ¿Donde siempre has querido estar? Esa misma mañana. La misma que había visto a Teresa. La misma en la que aferraba el predictor positivo dentro de mi bolso; con aquel horrible dolor de cabeza, deseosa de llegar a la farmacia para que otros me lo confirmaran. Pero ya no hacía falta. Sentada en los pies de la cama, horas antes tú estabas con los nudillos enrojecidos, reprochante. Echaste mano a la cartera, te quitaste la chaqueta y la lanzaste furioso al tocador. Aludo y cito sin dolor al recuerdo que aconteció a tus palabras, ¿las tienes presentes? Ellas siguen rezumbando como moscas en mis oídos y se revuelven como culebras bajo mi vientre: loca inútil, dijiste, si crees que por ti voy a dejar todo lo que con Teresa he conseguido es que eres imbécil. Abriste la cartera y lanzaste a la cama tu buen acopio de billetes. Con esto lo puedes zanjar, dijiste, qué necia eres si creíste que de alguna forma me podrías atar.

¿Atar, Pablo? Se me revolvieron las tripas. Te fuiste; para volver la noche siguiente como si tal cosa. Para encender el dolor y por encima de todo llegaste con la amenaza de acallarme. Pero en cuanto cerraste la puerta, surgió un grito roto en mí. Tuve que doblarme en dos; no recuerdo las horas exactas que estuve en aquella posición, pero sí recuerdo esa especie de rugido seco que siguió y que hizo que perdiera el control. Me abracé a mi vientre. Arropada en él dupliqué mis fuerzas, mis ganas de enfrentarme; rodearme de luz. Noqueé la contienda de mi corazón; ungí los morados que dejaron tus palabras culebrinas en mi vientre. Retiré los restos de fango en mi rostro y... la sentí. ¡Ella estaba allí! ¡La llave! La que perdí para entregarme a ti. 

Trepé los pocos centímetros de agujero que me quedaban con más ímpetu. Hice presión contra las paredes estrechas, la cabeza, el torso, los brazos; pensando que lo hacía con el mismo coraje que impulsaría a mi hijo a abrirse paso por el útero de su madre. Esta imbécil necia estaba afuera; me puse de nuevo mi armadura. Miré la cama y tomé el favor de los billetes, saqué hoja en blanco y te dejé este legado de adiós; la metí en tu chaqueta y esperé tu regreso la noche siguiente.

Verte con tu alianza firme y anclada a tu dedo fue un alivio. Por supuesto, Pablo, no debes dejar atrás lo que tanto has conseguido. No puedes volver a quebrarme. No puedes volver a despojarme de mi armadura.   



Autor: Maríe Yuset
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