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By the stream (English version)

martes, 10 de septiembre de 2019



"Yes, hello, tell me?"

"Luis, darling. I'm waiting for you. I'm so eager to see you... I'm by the stream, down the slope. In the shadow of the oak tree that turns off when the clouds charge against it..."

"Hello?"

"Luis, it's me. I forgot to tell you how much I love you. I'm right where the current stops. At the stream's mouth, remember?"

"I am sitting on the stone that has moss and has a contoured shape that lefted black and green prints on your pants, the one that if you close one eye and tilt the head stops being a stone and looks like a frog belly up. It's surprising. Here we held hands the first time. Here we declared ourselves after you covered me with kisses... The stream now carries hardly any water, you know?"

"Excuse me, I can't hear anything... Who is it?"

"It's me, Carla, can you hear me? I'm waiting for you here, darling, our stone is still just as comfortable. I remember that we jumped from here when the flow overflowed and the stream looked like a living and fresh pool. How the water was shining when the leaves of the beech trees fell, when the oak tree boasted of its reflection in the calm channel... Not anymore. Now the stream is opaque, sad, and the swaying of the water is pasty and slow, because of the mud. But continues to reach here the echo of the students on campus, and if I close my eyes I can see the two central buildings, the residence and even the window of my room. I also see the park and the poorly lit track leading to the library."

"Excuse me, I'm going to have to hang up. I can't understand anything."

"Excuse me, I'm gonna have to hang up. I can't get to understand anything."

"Oh, Luis, no. No, please don't hang up. I shouldn't have stayed in the library so late. I should have listened to you, darling. On the way out, the van was already there. It followed me... I swear that as soon as I realized it, I started running as fast as I could, but the wheels squeaked and blocked my escape. First I heard the door slamming from the driver.  Immediately, the sliding door opened in front of me. I was petrified when three men came out of it... The one with the cap with the white eagle, remember? The guy with the broken tooth that you told that day to stop looking at me... They rushed at me, Luis. I wanted to fight, to shout, "Help, help me, help! One sealed my mouth with his fingers. I kicked, darling, I kicked until I ran out of strength. Another one hit me in the stomach. They put me in the van: tainted weed smell, pestilent alcohol, blows, pain, anguish -help, help me, help! Terror, rage, impotence, metal in my mouth... I swallow my own blood, stabbing, beating, burning... Stop the hands now, finish the bodies now, God, help me! Let them finish their mouths, let them finish... Rammings, one after the other, in turns, a hell of resignation, repugnance until the end, sticks and kicks. I believed I could go home, Luis, I believed I could come back to you, love... But my blood flowed under his wrath, I was like a broken bundle under them, an old torn punching bag, red, ripped apart."

"Carla, for God's sake, is that you? This is going to drive me crazy..."

"Oh, yes, yes, my love, it's me. You're not crazy. Don't hang up! I'll scream louder! Can you come and get me? They left me here, at the bottom of the stream! It's been so long since the beech trees were guillotined... If you pay attention, half sunk in the riverbed, you can see the rest of my hand. I am a silhouette, I am the silver flash... A kind of ghostly ring over the frog stone... Just like the stream, I have also changed. But here I wait for you. I want to see you so much..."
One click. An end of call.
A pause. A new tone.

"Yes, tell me, for God's sake!"

"Luis, darling. I'm waiting for you. I'm so eager to see you... I'm by the stream, down the slope. In the shadow of the oak tree that turns off when the clouds charge against it..."


End

A story by Maríe Yuset © 1909101886164

Maríe Yuset (1977). Since childhood I have lived with Fear. I know her face. I know her voice. She has dominated me for as long as I can remember and I know she is determined to stay. But as I advance along this path of writing, I can proudly say that I have found a weapon capable of facing it: when the pencil takes hold of my hand and the blank sheet of paper of my thoughts, Fear falls silent, Fear hides... It is an ephemeral moment, but glorious. Then, I stop fearing it. And it is Fear that fears me.

Estoy afuera

martes, 1 de enero de 2019


Sé que estás leyendo esta carta. La he dejado en el bolsillo de tu chaqueta esta mañana; antes de que te marcharas. 
Me hubiera gustado llamarte pero no me permites hacerlo, así que, como sé que vas a encontrarla, espero que te grabes cada una de mis palabras.
Estoy afuera. Y lo he entendido todo. 

He pulido y sacado brillo a mi antigua armadura, ¿la recuerdas? ¿Aquella que tanto detestabas cuando me conociste? Me despojé de ella para enamorarme de ti. La que guardé bajo llave. Llave que perdí al fondo de este agujero, un agujero que me hiciste creer cálido. Mea culpa, lo confieso; yo consentí que lo cavaras para mí. Pero ahora estoy afuera y lo he entendido todo. Me dejé vencer. Rendí a mi guerrero. 

Lo supe al abrir el portón de esta casa, cuando las primeras columnas de luz atravesaron las bisagras y se quejaron más de lo que pude entonces hacerlo yo. La mañana afectó a mi dolorido cuerpo; no era grato salir, no cuando llevas tanto tiempo hundida entre las sombras. Estuve a punto de volver a cerrar el portón y meterme de nuevo en la cama, envuelta entre mantas, guarecida. «¡Deja de tambalearte!», me dije entonces; mientras aseguraba mis tacones a los empedrados de la calle. «Anda con cuidado», dije. Las cosas aveces empeoran si no te andas con sumo cuidado, ¿verdad, Pablo? 
Conseguí llegar más allá de la plaza de San Antonio Abad y me puse las gafas de sol. Cada paso aturdía y violentaba el dolor de mi cabeza. Dónde quiera que mirara se hacía insoportable y miles de estrellas chispeantes me atacaban; ¿cómo esas purpurinas que adornan los trajes de carnaval? Hasta hacer llorar mis ojos. 

Aferré el bolso a mi vientre. Solo deseaba llegar. 

Por la escalera trasera de la catedral, giré a la izquierda por otra callejuela; la misma donde antaño se alzaba parte del Hospital de San Martín. No pude evitar que se me revolvieran las tripas, bajo mis pies se hallaban cientos de cuerpos enterrados; no por los cuerpos de los adultos; sí por los huesos de los niños. ¿Sabías que, en aquel hospital, se había habilitado una zona para niños abandonados? Madres que se separaban de sus bebés por la extrema pobreza de aquellos tiempos. Madres que convivían en el barrio junto a los hombres moradores de las casas señoriales. Esos bebés eran colgados de las puertas y ventanas del hospital; lo hacían para evitar que las ratas mordisquearan sus cuerpecillos... La calle debía apestar a fango y a heces. Igual que apestaría el narcisista rico de aquel entonces, padre de uno de aquellos bebés. Uno que pasaría por allí sin tan siquiera mirar las piernecillas... Los narcisistas no han cambiado tanto. Son como las ratas. Están por todos lados. De esas criaturas no te puedes librar sin pelear. 

«—¡Diana!» 
No te asombres, Pablo, si escribo su nombre, quizás comiences a sudar cuando llegues a esta parte de la carta.

Sí. Era Teresa. Inspiré con fuerza y expulsé el aire lento. ¿Te digo que tuve náuseas? 

Su pelo, perfecto, espeso y ondulado, lo recogía detrás de las orejas. Las cejas pobladas se alzaban sobre sus ojos intensos con la profunda y sincera felicidad reflejada en ellos. Pantalones vaqueros y la camiseta de algodón negra de manga corta ajustada a su torso perfecto y siliconado… Sois tal para cual, Pablo. 

«—Hola —le dije». 
Me arrastró del brazo hasta sentarme en una de las sillas vacías de la cafetería: El canalla de Vegueta. 

«—Hacía meses que no te veía — dijo —, ¿qué hay de tu vida? Aunque es cierto que sé un poco de ti gracias a Pablo. Me ha dicho que seguís en contacto después de tu despido». 

Tranquilo, Pablo, no te alarmes y sigue leyendo. 

«—Hace tiempo que no sé de él —contesté». 

«—Estamos genial. Eso sí, Pablo viaja mucho. Dos días aquí, tres días allí, a veces tengo suerte y regresa al día siguiente por la mañana. Acabamos de celebrar nuestro octavo aniversario». 

¡Vaya! Felicidades ante todo, y no te irrites, que tampoco contesté.

«—Además…—siguió Teresa —, vamos a ser papás».

El silencio fue como un grito. ¿Puedes oírlo tú también? 

Escuché relatar toda vuestra velada mientras solo podía pensar en aferrar el bolso contra mi vientre y que tú desaparecieras de una puta vez. 

«—Discúlpame —dije».  
Me levanté y me fui. 

Entonces, pensé por primera vez en escribir esta carta y qué incluir en los primeros párrafos. Lo único que tenía claro, Pablo, era: estoy afuera y lo he entendido todo. 

Ahora sé que estarás de pie, granítico e irritado, con tu puño cerrado mostrando unos nudillos tensos y desafiantes, justo ahí, donde llevas la alianza. En la otra mano, la carta alzada que sé que estás deseoso de poder romper. No te preocupes, lo entiendo, sé por qué lo has hecho; cuando me conociste, descubriste a un guerrero muchísimo mejor que tú; más audaz y leal, repleto de savia libre, con una armadura que hacía eclipsar a tu negra coraza narcisista. ¿Una mujer por encima de ti? No. ¿Verdad, Pablo?

Mea culpa. 

Quiero que sepas que tu coraza, alejando de mí la hipocresía, siempre vi, tal y como era; renegrida, morada ferviente de las mentiras. No sé cómo, pero con alguna droga o trance me anestesiaste, me cegaste y me rendí. Y aunque, una vocecilla me susurrara un: aléjate, hazlo, vuélvete despacio; me dejé llevar por tu abrigo y el albergue de un futuro juntos. Hasta que, esa mañana, no solo abrí el portón, no solo me dejé rodear de luz, sino que tuve la bienaventurada conversación con Teresa. Y entonces entendí. Y la migraña tras el encuentro desapareció. Eras tú, siempre tú y solo tú el causante de todo este dolor.

Para ti queda el asco total y el desprecio. He excavado el fango que lanzaste sobre mi cabeza durante todos estos últimos años de esperas y promesas. Las uñas me han sangrado en este agujero los días que tú no has estado. Y a pesar que volvía a derrumbarse, he seguido fiel en mi empeño y hasta del fango me he alimentado. Me harté de esperar, de mi desidia, de mi pérdida de valentía. Me harté de ser vencido, de ser quebrado y de ser un guerrero enterrado. 

Fue ese mismo día, ¿lo recuerdas?, ¿cuándo estaba desesperada por llamarte? Llegaste después y abriste el portón con todos tus aires de grandeza y hablamos. Ni siquiera te acercaste. ¿Dónde te quedaste, Pablo? ¿En la puerta de mi alcoba? ¿Donde siempre has querido estar? Esa misma mañana. La misma que había visto a Teresa. La misma en la que aferraba el predictor positivo dentro de mi bolso; con aquel horrible dolor de cabeza, deseosa de llegar a la farmacia para que otros me lo confirmaran. Pero ya no hacía falta. Sentada en los pies de la cama, horas antes tú estabas con los nudillos enrojecidos, reprochante. Echaste mano a la cartera, te quitaste la chaqueta y la lanzaste furioso al tocador. Aludo y cito sin dolor al recuerdo que aconteció a tus palabras, ¿las tienes presentes? Ellas siguen rezumbando como moscas en mis oídos y se revuelven como culebras bajo mi vientre: loca inútil, dijiste, si crees que por ti voy a dejar todo lo que con Teresa he conseguido es que eres imbécil. Abriste la cartera y lanzaste a la cama tu buen acopio de billetes. Con esto lo puedes zanjar, dijiste, qué necia eres si creíste que de alguna forma me podrías atar.

¿Atar, Pablo? Se me revolvieron las tripas. Te fuiste; para volver la noche siguiente como si tal cosa. Para encender el dolor y por encima de todo llegaste con la amenaza de acallarme. Pero en cuanto cerraste la puerta, surgió un grito roto en mí. Tuve que doblarme en dos; no recuerdo las horas exactas que estuve en aquella posición, pero sí recuerdo esa especie de rugido seco que siguió y que hizo que perdiera el control. Me abracé a mi vientre. Arropada en él dupliqué mis fuerzas, mis ganas de enfrentarme; rodearme de luz. Noqueé la contienda de mi corazón; ungí los morados que dejaron tus palabras culebrinas en mi vientre. Retiré los restos de fango en mi rostro y... la sentí. ¡Ella estaba allí! ¡La llave! La que perdí para entregarme a ti. 

Trepé los pocos centímetros de agujero que me quedaban con más ímpetu. Hice presión contra las paredes estrechas, la cabeza, el torso, los brazos; pensando que lo hacía con el mismo coraje que impulsaría a mi hijo a abrirse paso por el útero de su madre. Esta imbécil necia estaba afuera; me puse de nuevo mi armadura. Miré la cama y tomé el favor de los billetes, saqué hoja en blanco y te dejé este legado de adiós; la metí en tu chaqueta y esperé tu regreso la noche siguiente.

Verte con tu alianza firme y anclada a tu dedo fue un alivio. Por supuesto, Pablo, no debes dejar atrás lo que tanto has conseguido. No puedes volver a quebrarme. No puedes volver a despojarme de mi armadura.   



Autor: Maríe Yuset
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