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El chef Nikolái (Fragmento)

martes, 31 de julio de 2018



—¡Orden, señores, orden! Prosiga.

—El señor Iván Viktor Golubev, como cada jueves noche a las nueve, se mostraba impaciente en la pequeña rampa de espera, donde enfilaban varios clientes, y que culminaba en la zona de recepción. Desde allí, y haciendo alarde de su grosera presencia, el señor Golubev golpeaba la base de su bastón contra el noble suelo de parqué de mi restaurante. Mi metre Petrov, al verlo, se disculpaba rápidamente con los demás comensales y adelantaba la vez del señor Golubev: lo hacía con la cabeza gacha, a modo de reverencial saludo, mientras con un chasquido de sus dedos avisaba a Fiordo, uno de mis tantos meseros, para tomar relevo en su puesto. El señor Golubev se adentraba en la sala altivo; a paso lento hacía gala de su traje Versace azul marino de raya diplomática; la cabeza, grande como una calabaza, se veía desproporcionada sobre un escuálido y bajito cuerpo que, junto a la altura ucraniana de mi metre Petrov, le hacía parecer más bien un llavero. Petrov, entonces, lo encaminaba hacia una de mis mesas exclusivas para dos comensales. Claro que la mesa, el señor Golubev, en un acto de agresión, siempre la rechazaba dedicando un concierto de golpes de bastón acompañados de sonoros y rotundos noes. Veía cómo su barbilla, puntiaguda igual que un pepino, se adelantaba incluso a veces a su bastón y apuntaba hacia la otra dirección: mi única mesa de doce comensales a la vera de los dos únicos ventanales de mi restaurante. ¡Oh! Las vistas son magníficas. Desde allí se regalaba a la zona vip un panorama completo de las calles más concurridas y emblemáticas de la ciudad, unas vistas cuyo fofo y rechoncho culo disfrutaba mientras tomaba asiento hasta que llegara su hija Irina… Irina Ivanova Golubev. Después, los dos abrían mi carta con cara de decepción.

Por supuesto que entonces retorcía con ímpetu mi paño de cocina. Por supuesto pinchaba mi cuchillo contra la puerta que me separaba de él. Claro que imaginé cómo me sentiría atravesando sus entrañas; cómo sería el sonido de sus chillidos… Disfruté, hasta de mi risa descontrolada disfruté. Entiéndanme, yo observaba cómo cada jueves la escena se repetía a través del ojo de buey acristalado de la puerta de mi cocina mientras ese desgraciado se encargaba, junto con su hija, de desollarme en las páginas de la revista *Nasha. ¡El gran crítico culinario! ¡El señor Golubev! El experto en la degustación… Hacía un año que los dos me la tenían sentenciada. «Su solomillo, una oda de desastres». Esas palabras se expandían como titulares a lo largo de sus dos columnas: «Desfasada, comida local con bajo estímulo para paladares», «Típico caldo entrante», «Mantequilla grasienta». Esa noche lo vi estirado, delante de mis dos ventanales, en mi mesa de doce comensales… Miraba su reloj una y otra vez. Y sí, yo salí con una risa triunfante y le regalé una verdadera «oda de desastres»
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Fragmento



| Fragmento | Autor: Maríe Yuset
El chef Nikolái © 2018 Todos los derechos reservados
nº1807317887442

Aliento

lunes, 30 de julio de 2018



«No quiero dormir».
Esas son las palabras que salen de mi boca cuando mis pies alcanzan el segundo peldaño. La escalera emerge como una extraña ruta entre las dunas: árida, estrecha, sombría y asfixiante. Igual que en el desierto, bajan las temperaturas, el sudor se enfría en tu espalda y las rodillas heladas… tiemblan. El silencio estomagante te aplasta. «No quiero dormir», repito, pero ¿qué otra cosa podría decir si esta casa carece de pavimento y se ha llenado de arenas movedizas? Miro a mi padre. Junto las palmas de mis manos y me las llevo al pecho como si yo fuera un beato. Ferviente, a modo de plegaria, le suplico como si él fuera un dios… Me mira y recuerdo que ya no consigo si quiera reconocerle la cara. Incluso es mi propia voz la que llega a mis oídos como un timbre quejumbroso que pide clemencia y que tampoco yo reconozco. Mi voz tirita. Mi voz se apaga. Y, aunque grite y el eco retumbe en estas paredes de arena, jamás lograré obtener respuestas. Y si insisto, y con ello cruzo los
límites de la paciencia, sus ojos me devolverán la brillante hebilla de su cinturón y sus manos, la furia del regio consuelo. Mejor me callo. Mejor no digo. Mejor no hago el menor ruido.

Como un ente errante, me encamino a la sombría escalera. Sigo mudo y contengo el aire mientras consigo llegar a los últimos peldaños. Me arrastro en la cumbre. Allí, gacho, aguardo su manifestación. Que salte de las sombras la criatura sin alas y que el fétido aliento despida por la boca. Si mi madre estuviera, no dudaría en dormir conmigo.

Con los ojos pegados a las sombras, gateo por el pasillo tan solo iluminado por la luz tenue y amarillenta bajo de la puerta de mi hermano. Él apenas sale de su cuarto.

En mi habitación sigo sin sentirme protegido, pero no me escondo. No puedo esconderme si duermo en el refugio del monstruo. ¿Para qué encender la luz? Solo enturbia y espesa mi mente. La luz agita mi cuerpo y es demoledora para mi pecho.

Lo oigo. Se levanta bajo las sombras de una esquina. Ahí llega. Despacio a la cama. No puedo mirarlo. Él me aterra demasiado. Mejor me callo. Mejor no digo. Mejor no hago nada… ¿para qué? Su cuerpo anda ligeramente encorvado y, a cada paso, respira con mayor dificultad. Su olor ha impregnado en el acto el cuarto y llega a mis fosas nasales como una ráfaga furiosa que precede a la tormenta para atragantarse en mi garganta. Él me provoca arcadas, me asfixia. Y la tormenta de arena llega. Me cubro la nariz, me cubro la boca. La primera arcada no se hizo esperar. Luché. Luché por contener mi vómito. En cuanto él sujeta uno de mis tobillos, me arqueo y ya no puedo contenerlo. Él empuja su cuerpo contra los hierros de la cama. Las sacudidas marean. Gimiendo y gimiendo el monstruo de fétido aliento. Una cloaca pútrida de palabras sucias llena su boca de excrementos. Hasta que también él vomita. Una viscosidad aberrante que se derrama sobre mis tobillos desnudos. Después jadea, me suelta, suspira. Yo quedo sepultado bajo una lapidaria duna de arena.


Autor: Maríe Yuset
Aliento © 2018 Todos los derechos reservados
nº1807307884116