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Decimoctavo día

lunes, 25 de junio de 2018
Relato por Maríe Yuset: Decimoctavo día


Hoy es el decimoctavo día que permanezco aquí sentado, en el mismo banco, con la misma ropa y los mismos bártulos.

Recuerdo que me acerqué a la vieja ventanilla de mi vagón del tren tras ser sorprendido por un fulgente rayo de sol que me despertó y que, al otro lado del cristal opaco, me regaló la visión de un rostro sonrojado. Ella sostenía un libro abierto en su regazo, y yo no me atreví a parpadear; por si el sueño me envolvía de nuevo en un cruel y ominoso no despertar.

El vagón ralentizó la marcha. Vi mi vida junto a ella rodeado de flores dichosas y risas de aromas dulces. Su vestido color damascena y su sombrero adornado de flores púrpuras me cautivaron. Ella me esperaba sentada en el banco, como salida de un lienzo al óleo de minuciosos y perfectos trazos. Borracho como un demente no demoré la espera y me levanté, para correr por el sendero del paraíso en el que se había convertido el pasillo del viejo tren. Bajé del vagón sin esperar que parara siquiera. Ella levantó los ojos y me miró. Yo sonreí. Me acerqué y abrí las manos, decidido en la búsqueda de un abrazo y un beso eterno.

Quería acariciarla. Quería sellar lo nuestro. Pero ella se levantó y se fue sin decirme hola o adiós.

Mis labios anhelan. Ese es mi último pensamiento cuando cierro los ojos y duermo. Mi cuerpo desea. Ese es mi primer pensamiento cuando despierto y abro los ojos.

Con cada amanecer chillan las chimeneas del viejo tren. Su estruendo me ensordece y aturde mi cabeza. Me pesa este andar. Tengo plomo en la esperanza, agujas en el pecho, llamas en la garganta y una febril espiral de locura en los pensamientos.

Cada día ella regresa a las once y diez, y prefiere sentarse en el banco solitario al otro lado de las vías del tren. Cuando se va, yo cruzo las vías y ocupo por un tiempo su lugar.

Tomo el calor que deja su cuerpo, como si yo fuera un mendigo y sólo me quedara recoger las migajas que de ella quedan en la madera.

Aun así, la espero y paso los días sin apenas comer, sin apenas beber.

Hoy es el decimoctavo día que permanezco aquí sentado, en el mismo banco, con la misma ropa y los mismos bártulos. Es el día en el que entiendo que jamás sucederá este punto de acercamiento. Ella no intentará reunirse conmigo, y menos vagar por este camino de donde vengo con la razón apenas colgada de la firme locura. Vivo en el éxtasis de un sueño tras un largo letargo; oscuro, de noches sin estrellas ni luna.

Soy un residuo del cosmos, una abominación del universo en comparación con la belleza que ella alberga. Soy un rechazo que retrocede famélico. Soy esa niebla gris que nadie desea, esa fría y densa, que impide ver; y que cuando baja, estorba opaca y esclava de infinita soledad de la tristeza. Vivo en esta mente esclavizada solo porque ella no me deja entrar… y ese desapego, ese desprecio me obliga a considerar la idea de que sea ella quien no tenga cabida en este deambular, en este punto del camino… Y que la única forma de librarme de esta agonía sea apretar su cuello hasta que deje de respirar.



Autor: Maríe Yuset
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