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La ruta de los frailes

lunes, 19 de marzo de 2018


Seis de febrero. La noche abraza los escasos edificios a las afuera de la ciudad. El rocío humedece los caminos que recorre el jovial Dan Valdés. Atraviesa la ruta de los frailes y los puentes aliados de los riscos. Lo hace seguro, sabiendo dónde y cómo pisar. Ha memorizado el recorrido. Dan Valdés regresa como cada seis de febrero a la terminal. En cuanto llega se quita el chubasquero y hace un ovillo con él, lo mete bajo el brazo. Se sacude el pelo con los dedos, su reflejo en uno de los ventanales le devuelve un buen trabajo. Claro que…, su cabello ya no es oscuro como Dan Valdés quiere, pero está bien.

Como cada seis de febrero Dan Valdés camina desde su casa hasta aquel aeropuerto. Muchas cosas han cambiado en cada seis. Antes, al bajar de los riscos cruzaba un prado, una carretera de dos direcciones y un camino de tierra. Después se alzaba nada más que la terminal. Terminal de una planta que antes abarcaba tan sólo dos o tres cuadras; ahora, un edificio gris acristalado de dos plantas se pierde de vista de punta a punta. Dan Valdés entra. Llega a la puerta A3. Puerta A3, antes la A1, y antes de ser la A1 había sido sólo A. De igual forma A se abrió de par en par. Las antiguas puertas A eran abatibles y chirriantes, las nuevas eran silenciosas y deslizantes. Las ráfagas de sus carriles eléctricos provocaban una sacudida de aire fresco. Aire que le despeinó. A Dan no le importó. Juntó las manos, enlazó los dedos y esperó.

Un hombre de extravagante traje de paño atravesó la puerta decidido a encontrarse con alguien. Dan Valdés lo ignoró. Siguió la mirada al joven y rubio hippie; con su pantalón de campana y su jersey a rayas en V. Dan desvió los ojos y los llevó rutinarios tras él. Al fondo, un barullo y un ajetreo de maletas. Allí estaba ella. Liria, con su chaquetón rojo escarlata, de solapas anchas y picudas, grandes ojales y botones oscuros que por pares bajaban hacia su cintura. Su pantalón ceñido marcaba su figura y sus botas altas del color del abrigo iban a juego con su floreada mochila. A Liria le encantaba las grandes margaritas. Liria era menuda. Liria era ágil. Cuando andaba daba pequeños saltitos como las bailarinas. Su melena negra y lisa se movía brillante. Liria lo vio y levantó la mano. Su sonrisa llena le hizo una grieta agónica en el corazón como cada seis de febrero. A pesar del dolor, Dan sonrió y también levantó la mano. Liria corrió hacia él. Con los brazos abiertos. Con aquellos maravillosos saltos. Dan Valdés espera extasiado, la contempla, apenas serán unos segundos. La vio acelerar el paso para fundirse con él en el más glorioso de los besos y los abrazos. Dan Valdés cerró los ojos y Liria atravesó su cuerpo. Lo hizo en medio de una ráfaga vibrante y fugaz. Dejó una brisa cálida, un temblor y una piel adormecida de amor corriendo por sus venas…

Dan se dio la vuelta despacio y la miró. Se encontraba unos metros por detrás de su espalda ya consciente de lo que había sucedido. Los recuerdos de los vivos la asolaron. Liria lloró. Se abrazó a sí misma. Le miró, suplicándole a él. Pero, ¿qué podía hacer él?¡Qué injusto destino para ella! ¡Qué injusto destino permitía que en ese preciso instante, Liria sufriera un único hiriente delirio que la trajera de vuelta a la tragedia! Seis de febrero del 43. Setenta años partícipe de aquel mismo acto. Dan alzó las manos a su amada y pidió que calmara su llanto. Fue un gesto mudo, una determinación en sus ojos que ella aceptó con resignación. Liria era inteligente, audaz. Valiente. Adiós amor mío, susurró Dan. Liria desapareció, dejando en su lugar una bruma que se volvió nada. Dan se puso de nuevo el chubasquero. Se fue de la puerta A3. Decidido. Sabiendo dónde y cómo pisar. Salió de la terminal. Una larga caminata para sus articulaciones doloridas hacia los aliados riscos y la ruta de los frailes. Jovial hasta el próximo seis.

Autor: Maríe Yuset
Título: La ruta de los frailes
La ruta de los frailes © 2018 Todos los derechos reservados n1803196263155

Humo negro

miércoles, 7 de marzo de 2018

En cuanto llegamos a la pista me escabullí entre la multitud. Estaba fascinada. Había tanta gente, tanto espacio donde correr... Oí la voz de mi madre entre tanto alboroto: "¡María, no te vayas lejos, quédate donde yo te vea!". Y esa era mi intención. Así que para no perderme corrí en redondo con los brazos estirados como las alas de una avioneta.

Al principio no vi caras, solo vi piernas. Yo no llegaba al metro de estatura. Me imaginé que todas las piernas que se atravesaban en mi trayectoria eran troncos de árboles que debía esquivar, sin un ápice de error. Cada vez más rápido. Más peligroso. Cada vez más cerca. ¡Dejé que mis alas rozaran...! Silbé, mis alas cortaban el viento, me ladeé, un poco más. Hice un giro completo, con la cabeza casi rozando el suelo. Imité el sonido del motor de la avioneta de acrobacia que pasaba justo en aquel momento por encima de mi cabeza. Grité. Grité con todas mis fuerzas, muerta de risa, hasta que me di de bruces contra un par de piernas. Las piernas eran largas y gruesas, de pantalones tejanos. Se quejaron, su dueño, (un hombre de espeso y largo bigote) me contempló desde las alturas con las mismas arrugas en la cara de cuando se te mete una piedra en el zapato. Me eché a reír y volví a alzar los brazos. Seguí mi recorrido, con mi arranque de motor hasta toparme con otras piernas que fueron muchísimo más amables conmigo. Alguna caricia fugaz y algún que otro revoltijo en el pelo mientras proseguía con mi vuelo. Cada vez más rápido, más peligroso, con el ruido de las acrobacias en el cielo, las charlas y las risas de las familias que disfrutaban sobre la explanada, en la pista. Colchas y mantas en el suelo se convertían en nuevos desafíos para mi vuelo. Todos comían, bebían, adornando y llenando de colores el aeródromo. Hice otro giro poniéndome seriamente en grave peligro. La cabeza vuelta por completo, a punto de resbalar y caerme de lado cuando lo vi. Venía de frente a mí. Su rugido era ensordecedor. Un monstruo metálico que bajaba y quedaba con la cabina del piloto vuelta hacia abajo. Tan bajo. Tan bajo que iba a decapitarme. Grité. Grité con todas mis fuerzas y me lancé al suelo con las manos protegiendo mi cabeza. Esperé unos segundos aterradores apretando los ojos con fuerza. Pasó. Pasó sin cortarme la cabeza. Me incorporé despacio, con un dolor de estómago intenso. Miré hacia los lados y todos lo que se encontraban sentados se reían de mí a carcajadas. Sentí mucha vergüenza. Recuerdo el calor en mi cara. Corrí llorando hacia mi madre, desesperada. No me salía la voz. No podía hablar. Me ahogaba. Aquella avioneta iba a decapitarme.

Quiero irme a casa, grité. Mi niña, ¿qué te pasa?, dijo mi madre. Pero, ¿qué iba a decirle?, un avión iba a decapitarme... Quiero irme a casa, le dije, tengo hambre, le dije. Y seguí pataleando y llorando con todas mis ganas.

Recuerdo que mi padre me cogió de la mano. Caminamos hacia el coche, a unos ciento cincuenta metros de la pista. Papá abrió la puerta del coche y en ese justo momento el estruendo rompió toda festividad. Los gritos no podré olvidarlos. La gran bola de fuego, el humo negro. La avioneta arrastrando cuerpos. Mamá gritó. Yo seguí llorando con una mezcla de terror y alivio en el pecho.

Domingo 8 de Abril de 1984. Aeródromo de los Rodeos. Se celebraba una muestra aeronáutica que hacía de colofón al II Congreso Nacional de Aviación General y que conmemoraba el final de festejos en el día del aeropuerto de Tenerife Norte. 6.000 personas presenciaron las peripecias de los pilotos, muchas familias habían decidido pasar el día con sus pequeños en aquel acto de celebración. Una avioneta monoplaza Zlin Z50 se precipitó sobre la pista. Chocó y arrasó la explanada del aeródromo envuelto en llamas, llevándose por delante a los espectadores. Las alas iban levantando a las personas que encontraba a su paso. Mi padre corrió como otros hombres a prestar la ayuda que se pudiera necesitar. Recuerdo ver a mi padre meterse en aquel humo negro. La tragedia llenó el aire de llantos, gritos... Mi padre dijo que cuando llegó al lugar fue consciente de que si nos hubiéramos quedado haciendo caso omiso a mis llantos, no nos habría dado tiempo siquiera de reaccionar.

Autor: Maríe Yuset
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