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Maríe Yuset

© Todos los derechos reservados - Blog literario

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Uno de los dos debe morir

miércoles, 20 de mayo de 2020
Cálamo and Cran


Encontrarse con uno mismo en un salto de espacio-tiempo es lo peor que te puede ocurrir. Cuando sucede, tienes dos opciones. Una, esperar y ver cómo tu cuerpo se desintegra lentamente… He oído que para algunos comienza por las manos, ves cómo desaparecen los dedos, las muñecas, el antebrazo. Se granula como la arena de un reloj y cae haciendo un monturrio del color de tu piel, el rojo sangre y el blanco hueso. Dicen que no sientes dolor, pero que los gritos suelen parar el tráfico, el canto de los pájaros y hasta la voz del viento que se detiene y se toma un silencio. Para otros, puede empezar por los pies. Imaginaos. Imaginaos un momento: tus zapatos monturrio-de-arena-a-razón-del-calzado y tus rodillas caen. Gritas. Le siguen tus caderas a razón del color del pantalón, la piel, el rojo y el blanco hueso. Y gritas otra vez. Supongo que, en cuanto la cosa llega a los pulmones, acompañas al viento en tu velatorio riguroso. El otro yo debe reír, suspirar o levantar la mano en señal de «que te vaya bien»… Un adiós bastante desagradable. En fin. Debe molestar bastante que tu yo siga intacto mientras tú te granulas en un monturrio multicolor sobre el asfalto. Lo extraño de todo esto es que no se sabe a cuál de los dos le va a suceder y se cree que se debe a un golpe de suerte.
Me llamo Alan, dueño del popular concesionario de coches de segunda mano Compact Car. Como verás en la imagen de la hemeroteca de espacio-tiempo, me decidí por la segunda opción. Mi otro yo tomó la misma decisión.

Llevaba meses reuniendo para uno de esos packs de "Viajes al Jurásico". En defensa personal, lo hice con mi hacha Tomahawk en mano, por si me cargaba en el recorrido a algún Velociraptor o uno de esos Spinosaurus con espinas en las vértebras. En fin. Que mientras yo regresaba de pasármelo bomba, supuse que el imbécil de mi otro yo debió pagarse un viaje de "Regreso al día más feliz de tu vida" y se integró justo al mismo tiempo en que lo hacía yo. Claro que, en cuanto su cuerpo terminó la integración, entendí que, si él había llegado a mi espacio tiempo, a mi ahora, no era para decirme lo bien que nos iba a los dos en los negocios del futuro. Aquel yo llevaba un pantalón de un tejido amarronado de esos de la cadena "Vístete como un magnate a precio de empleado" y una camisa por fuera del cinturón inexistente a manga corta. Me quedé pasmado. Yo jamás vestiría sin mis trajes de Brioni, de Alexander Amosu o, por lo menos, los New Armani. Así que uno de los dos debía morir. El yo tenía un tembleque en la mano derecha, donde sujetaba una pistola H&K USP SD con opción para montar silenciador del calibre 9. Estaba dispuesto a matarme. A quedarse con mi ahora. Aquel desgraciado había perdido todo mi imperio en "poco-me-importó-preguntarle-en-qué", así que le lancé como un vikingo loco el hacha. Lo vi rotar en un ángulo vertical de 360° y clavársele en el omóplato izquierdo. El yo se tambaleó un par de pasos hacia adelante y otros dos hacia atrás, antes de terminar de desincrustarse el hacha de la carne. Después, me miró con los ojos exagerados como balones de fútbol, los dirigió al hacha y lo dejó caer atrás. La hoja resplandeciente partió el asfalto. Yo me quedé quieto. Esperando. El yo no había muerto. ¿Cómo iba a hacer? No disponía de mucho tiempo. El yo levantó el brazo con tembleque y su pistola H&K. Disparó. Disparó sin pestañear siquiera. Juro que vi la bala lenta. Lenta y directa hacia ese lugar al que llaman tercer ojo en la cara. Y certifico que la vi con mi sonrisa bien puesta porque el yo chorreaba por el cuello; dejándome a la vista la gozosa exposición de su arteria femoral abierta.

Alan se iba...
También lo haría yo…

Aprecié su desplomo primero, antes de que lo hiciera el mío. Al fin y al cabo, los aparcamientos del concesionario Compact Car seguían siendo míos. Míos, hasta el último gránulo del monturrio sobre el asfalto.

Autor: Maríe Yuset
Uno de los dos debe morir © 2020 Todos los derechos reservado

Nº Registro Safe Creative 2005194053908




RELATO PUBLICADO EN:
Periódico digital El Heraldo de Vegueta

Imagen de https://retrografias.com/

Estoy afuera

martes, 1 de enero de 2019


Sé que estás leyendo esta carta. La he dejado en el bolsillo de tu chaqueta esta mañana; antes de que te marcharas. 
Me hubiera gustado llamarte pero no me permites hacerlo, así que, como sé que vas a encontrarla, espero que te grabes cada una de mis palabras.
Estoy afuera. Y lo he entendido todo. 

He pulido y sacado brillo a mi antigua armadura, ¿la recuerdas? ¿Aquella que tanto detestabas cuando me conociste? Me despojé de ella para enamorarme de ti. La que guardé bajo llave. Llave que perdí al fondo de este agujero, un agujero que me hiciste creer cálido. Mea culpa, lo confieso; yo consentí que lo cavaras para mí. Pero ahora estoy afuera y lo he entendido todo. Me dejé vencer. Rendí a mi guerrero. 

Lo supe al abrir el portón de esta casa, cuando las primeras columnas de luz atravesaron las bisagras y se quejaron más de lo que pude entonces hacerlo yo. La mañana afectó a mi dolorido cuerpo; no era grato salir, no cuando llevas tanto tiempo hundida entre las sombras. Estuve a punto de volver a cerrar el portón y meterme de nuevo en la cama, envuelta entre mantas, guarecida. «¡Deja de tambalearte!», me dije entonces; mientras aseguraba mis tacones a los empedrados de la calle. «Anda con cuidado», dije. Las cosas aveces empeoran si no te andas con sumo cuidado, ¿verdad, Pablo? 
Conseguí llegar más allá de la plaza de San Antonio Abad y me puse las gafas de sol. Cada paso aturdía y violentaba el dolor de mi cabeza. Dónde quiera que mirara se hacía insoportable y miles de estrellas chispeantes me atacaban; ¿cómo esas purpurinas que adornan los trajes de carnaval? Hasta hacer llorar mis ojos. 

Aferré el bolso a mi vientre. Solo deseaba llegar. 

Por la escalera trasera de la catedral, giré a la izquierda por otra callejuela; la misma donde antaño se alzaba parte del Hospital de San Martín. No pude evitar que se me revolvieran las tripas, bajo mis pies se hallaban cientos de cuerpos enterrados; no por los cuerpos de los adultos; sí por los huesos de los niños. ¿Sabías que, en aquel hospital, se había habilitado una zona para niños abandonados? Madres que se separaban de sus bebés por la extrema pobreza de aquellos tiempos. Madres que convivían en el barrio junto a los hombres moradores de las casas señoriales. Esos bebés eran colgados de las puertas y ventanas del hospital; lo hacían para evitar que las ratas mordisquearan sus cuerpecillos... La calle debía apestar a fango y a heces. Igual que apestaría el narcisista rico de aquel entonces, padre de uno de aquellos bebés. Uno que pasaría por allí sin tan siquiera mirar las piernecillas... Los narcisistas no han cambiado tanto. Son como las ratas. Están por todos lados. De esas criaturas no te puedes librar sin pelear. 

«—¡Diana!» 
No te asombres, Pablo, si escribo su nombre, quizás comiences a sudar cuando llegues a esta parte de la carta.

Sí. Era Teresa. Inspiré con fuerza y expulsé el aire lento. ¿Te digo que tuve náuseas? 

Su pelo, perfecto, espeso y ondulado, lo recogía detrás de las orejas. Las cejas pobladas se alzaban sobre sus ojos intensos con la profunda y sincera felicidad reflejada en ellos. Pantalones vaqueros y la camiseta de algodón negra de manga corta ajustada a su torso perfecto y siliconado… Sois tal para cual, Pablo. 

«—Hola —le dije». 
Me arrastró del brazo hasta sentarme en una de las sillas vacías de la cafetería: El canalla de Vegueta. 

«—Hacía meses que no te veía — dijo —, ¿qué hay de tu vida? Aunque es cierto que sé un poco de ti gracias a Pablo. Me ha dicho que seguís en contacto después de tu despido». 

Tranquilo, Pablo, no te alarmes y sigue leyendo. 

«—Hace tiempo que no sé de él —contesté». 

«—Estamos genial. Eso sí, Pablo viaja mucho. Dos días aquí, tres días allí, a veces tengo suerte y regresa al día siguiente por la mañana. Acabamos de celebrar nuestro octavo aniversario». 

¡Vaya! Felicidades ante todo, y no te irrites, que tampoco contesté.

«—Además…—siguió Teresa —, vamos a ser papás».

El silencio fue como un grito. ¿Puedes oírlo tú también? 

Escuché relatar toda vuestra velada mientras solo podía pensar en aferrar el bolso contra mi vientre y que tú desaparecieras de una puta vez. 

«—Discúlpame —dije».  
Me levanté y me fui. 

Entonces, pensé por primera vez en escribir esta carta y qué incluir en los primeros párrafos. Lo único que tenía claro, Pablo, era: estoy afuera y lo he entendido todo. 

Ahora sé que estarás de pie, granítico e irritado, con tu puño cerrado mostrando unos nudillos tensos y desafiantes, justo ahí, donde llevas la alianza. En la otra mano, la carta alzada que sé que estás deseoso de poder romper. No te preocupes, lo entiendo, sé por qué lo has hecho; cuando me conociste, descubriste a un guerrero muchísimo mejor que tú; más audaz y leal, repleto de savia libre, con una armadura que hacía eclipsar a tu negra coraza narcisista. ¿Una mujer por encima de ti? No. ¿Verdad, Pablo?

Mea culpa. 

Quiero que sepas que tu coraza, alejando de mí la hipocresía, siempre vi, tal y como era; renegrida, morada ferviente de las mentiras. No sé cómo, pero con alguna droga o trance me anestesiaste, me cegaste y me rendí. Y aunque, una vocecilla me susurrara un: aléjate, hazlo, vuélvete despacio; me dejé llevar por tu abrigo y el albergue de un futuro juntos. Hasta que, esa mañana, no solo abrí el portón, no solo me dejé rodear de luz, sino que tuve la bienaventurada conversación con Teresa. Y entonces entendí. Y la migraña tras el encuentro desapareció. Eras tú, siempre tú y solo tú el causante de todo este dolor.

Para ti queda el asco total y el desprecio. He excavado el fango que lanzaste sobre mi cabeza durante todos estos últimos años de esperas y promesas. Las uñas me han sangrado en este agujero los días que tú no has estado. Y a pesar que volvía a derrumbarse, he seguido fiel en mi empeño y hasta del fango me he alimentado. Me harté de esperar, de mi desidia, de mi pérdida de valentía. Me harté de ser vencido, de ser quebrado y de ser un guerrero enterrado. 

Fue ese mismo día, ¿lo recuerdas?, ¿cuándo estaba desesperada por llamarte? Llegaste después y abriste el portón con todos tus aires de grandeza y hablamos. Ni siquiera te acercaste. ¿Dónde te quedaste, Pablo? ¿En la puerta de mi alcoba? ¿Donde siempre has querido estar? Esa misma mañana. La misma que había visto a Teresa. La misma en la que aferraba el predictor positivo dentro de mi bolso; con aquel horrible dolor de cabeza, deseosa de llegar a la farmacia para que otros me lo confirmaran. Pero ya no hacía falta. Sentada en los pies de la cama, horas antes tú estabas con los nudillos enrojecidos, reprochante. Echaste mano a la cartera, te quitaste la chaqueta y la lanzaste furioso al tocador. Aludo y cito sin dolor al recuerdo que aconteció a tus palabras, ¿las tienes presentes? Ellas siguen rezumbando como moscas en mis oídos y se revuelven como culebras bajo mi vientre: loca inútil, dijiste, si crees que por ti voy a dejar todo lo que con Teresa he conseguido es que eres imbécil. Abriste la cartera y lanzaste a la cama tu buen acopio de billetes. Con esto lo puedes zanjar, dijiste, qué necia eres si creíste que de alguna forma me podrías atar.

¿Atar, Pablo? Se me revolvieron las tripas. Te fuiste; para volver la noche siguiente como si tal cosa. Para encender el dolor y por encima de todo llegaste con la amenaza de acallarme. Pero en cuanto cerraste la puerta, surgió un grito roto en mí. Tuve que doblarme en dos; no recuerdo las horas exactas que estuve en aquella posición, pero sí recuerdo esa especie de rugido seco que siguió y que hizo que perdiera el control. Me abracé a mi vientre. Arropada en él dupliqué mis fuerzas, mis ganas de enfrentarme; rodearme de luz. Noqueé la contienda de mi corazón; ungí los morados que dejaron tus palabras culebrinas en mi vientre. Retiré los restos de fango en mi rostro y... la sentí. ¡Ella estaba allí! ¡La llave! La que perdí para entregarme a ti. 

Trepé los pocos centímetros de agujero que me quedaban con más ímpetu. Hice presión contra las paredes estrechas, la cabeza, el torso, los brazos; pensando que lo hacía con el mismo coraje que impulsaría a mi hijo a abrirse paso por el útero de su madre. Esta imbécil necia estaba afuera; me puse de nuevo mi armadura. Miré la cama y tomé el favor de los billetes, saqué hoja en blanco y te dejé este legado de adiós; la metí en tu chaqueta y esperé tu regreso la noche siguiente.

Verte con tu alianza firme y anclada a tu dedo fue un alivio. Por supuesto, Pablo, no debes dejar atrás lo que tanto has conseguido. No puedes volver a quebrarme. No puedes volver a despojarme de mi armadura.   



Autor: Maríe Yuset
Estoy afuera © 2017 Todos los derechos reservados nº1711064749147

Intrépidos

martes, 24 de abril de 2018



—¿Estás seguro que no se despertarán? —dijo Yod a su hermano que ya estaba posicionado mientras de reojo se fijaba en las dos bestias de abajo.

—¿Despertarse en sus horas de siesta? —contestó a su hermano menor— Por favor, ¿no los ves?, míralos, Yod, ¡pero si babean!… No te estarás rajando, ¿verdad?

—¿Rajando yo, me ves cara de rajao, Kuk? 

—Joder…, ¡ya sabía yo que no podía contar contigo! Tienen razón todos nuestros hermanos, eres un cagao, sigues siendo el peque de mamá.

Yod dio un paso atrás, no quería enfrentarse con Kuk. Sabía por experiencia que si lo hacía saldría muy mal parado, así que levantó los ojos compuestos al cielo y se tomó un tiempo para soltar varios quejidos de resignación. 

—Muy bien, allá vamos. A ver quién se acerca más a las narices de la bestia que ronca. 

Yod bajó la cabeza y se acercó la malla pegajosa al cuerpo. Le dio varias vueltas por la zona del tórax y la anudó con un nudo doble más de seguridad. De peque, él, no tenía nada, pensó cuando se adelantó decidido y llegó al borde del precipicio. El viento le movió el vello de la cara. Observó cómo soplaba en dirección este y oeste, oeste y este. Contó el tiempo de cada batida. Este, oeste, oeste y este. Saltaría, pero lo haría justo en una de las recogidas del viento. Caería por la pared vertiginosa hacia las bestias sin piedad. El entrenamiento extremo consistía en rozar la nariz de aquella bestia, pues lo haría sin piedad, caería por la pared vertiginosa sin un ápice de arrepentimiento. Oeste y este, se agazapó. Este y oeste, le regaló una vista generosa de su enorme trasero a su hermano. Saltó.

Kuk lo vio y se lanzó detrás, entusiasmado por la valentía de su hermano pequeño. Quería acompañarlo, al fin y al cabo, lo tenía bajo su cuidado. 

Los dos saltos eran idénticos. Los dos saltos extendidos con todos los miembros abiertos. Yod giró y quedó boca abajo para que su vertical fuera más veloz y arriesgada. Kuk al verlo gritó y el tiempo se ralentizó, todos los objetos en derredor quedaron inmóviles… 

—¿Y qué harás si cuando llegues abajo una de esas bestias se despierta, Kuk? 

Yod le miraba con los ojos compuestos de marrón y negro, en el centro, aquel intrínseco brillo siempre desconfiado. 

—Joder, míralos, Yod, tienen la boca abierta… El gordo, ronca tanto que le vibran los orificios de la nariz.

—Aun así, Kuk, no te fíes del otro, aunque sea pequeño y escuálido te digo yo que es ágil. No lo subestimes. 

—Eres tú quien debe estar atento, no yo.

—¿Estás seguro que no se despertarán?



El tiempo retomó su lugar. Imposible frenar la caída a esa velocidad. Kuk gritó de nuevo. Su hermano pequeño no le oía. La bestia gorda había abierto los ojos. La escuálida fue rápida y alzó las dos manos. Kuk sólo oyó "chaf". Y en su retina quedó su pequeño y valiente hermano aplastado.

—Sergio, ¿has visto de la que te he salvado?

Ana se limpió la mano en las sábanas y apagó el ventilador.

—¿Era un mosquito?

—No. Era una araña … y juraría que de ojos negros y marrones.


Autor: Maríe Yuset
Título: Intrépidos
(Ironía) Intrépidos © 2018 Todos los derechos reservados n1804246665615 

Humo negro

miércoles, 7 de marzo de 2018

En cuanto llegamos a la pista me escabullí entre la multitud. Estaba fascinada. Había tanta gente, tanto espacio donde correr... Oí la voz de mi madre entre tanto alboroto: "¡María, no te vayas lejos, quédate donde yo te vea!". Y esa era mi intención. Así que para no perderme corrí en redondo con los brazos estirados como las alas de una avioneta.

Al principio no vi caras, solo vi piernas. Yo no llegaba al metro de estatura. Me imaginé que todas las piernas que se atravesaban en mi trayectoria eran troncos de árboles que debía esquivar, sin un ápice de error. Cada vez más rápido. Más peligroso. Cada vez más cerca. ¡Dejé que mis alas rozaran...! Silbé, mis alas cortaban el viento, me ladeé, un poco más. Hice un giro completo, con la cabeza casi rozando el suelo. Imité el sonido del motor de la avioneta de acrobacia que pasaba justo en aquel momento por encima de mi cabeza. Grité. Grité con todas mis fuerzas, muerta de risa, hasta que me di de bruces contra un par de piernas. Las piernas eran largas y gruesas, de pantalones tejanos. Se quejaron, su dueño, (un hombre de espeso y largo bigote) me contempló desde las alturas con las mismas arrugas en la cara de cuando se te mete una piedra en el zapato. Me eché a reír y volví a alzar los brazos. Seguí mi recorrido, con mi arranque de motor hasta toparme con otras piernas que fueron muchísimo más amables conmigo. Alguna caricia fugaz y algún que otro revoltijo en el pelo mientras proseguía con mi vuelo. Cada vez más rápido, más peligroso, con el ruido de las acrobacias en el cielo, las charlas y las risas de las familias que disfrutaban sobre la explanada, en la pista. Colchas y mantas en el suelo se convertían en nuevos desafíos para mi vuelo. Todos comían, bebían, adornando y llenando de colores el aeródromo. Hice otro giro poniéndome seriamente en grave peligro. La cabeza vuelta por completo, a punto de resbalar y caerme de lado cuando lo vi. Venía de frente a mí. Su rugido era ensordecedor. Un monstruo metálico que bajaba y quedaba con la cabina del piloto vuelta hacia abajo. Tan bajo. Tan bajo que iba a decapitarme. Grité. Grité con todas mis fuerzas y me lancé al suelo con las manos protegiendo mi cabeza. Esperé unos segundos aterradores apretando los ojos con fuerza. Pasó. Pasó sin cortarme la cabeza. Me incorporé despacio, con un dolor de estómago intenso. Miré hacia los lados y todos lo que se encontraban sentados se reían de mí a carcajadas. Sentí mucha vergüenza. Recuerdo el calor en mi cara. Corrí llorando hacia mi madre, desesperada. No me salía la voz. No podía hablar. Me ahogaba. Aquella avioneta iba a decapitarme.

Quiero irme a casa, grité. Mi niña, ¿qué te pasa?, dijo mi madre. Pero, ¿qué iba a decirle?, un avión iba a decapitarme... Quiero irme a casa, le dije, tengo hambre, le dije. Y seguí pataleando y llorando con todas mis ganas.

Recuerdo que mi padre me cogió de la mano. Caminamos hacia el coche, a unos ciento cincuenta metros de la pista. Papá abrió la puerta del coche y en ese justo momento el estruendo rompió toda festividad. Los gritos no podré olvidarlos. La gran bola de fuego, el humo negro. La avioneta arrastrando cuerpos. Mamá gritó. Yo seguí llorando con una mezcla de terror y alivio en el pecho.

Domingo 8 de Abril de 1984. Aeródromo de los Rodeos. Se celebraba una muestra aeronáutica que hacía de colofón al II Congreso Nacional de Aviación General y que conmemoraba el final de festejos en el día del aeropuerto de Tenerife Norte. 6.000 personas presenciaron las peripecias de los pilotos, muchas familias habían decidido pasar el día con sus pequeños en aquel acto de celebración. Una avioneta monoplaza Zlin Z50 se precipitó sobre la pista. Chocó y arrasó la explanada del aeródromo envuelto en llamas, llevándose por delante a los espectadores. Las alas iban levantando a las personas que encontraba a su paso. Mi padre corrió como otros hombres a prestar la ayuda que se pudiera necesitar. Recuerdo ver a mi padre meterse en aquel humo negro. La tragedia llenó el aire de llantos, gritos... Mi padre dijo que cuando llegó al lugar fue consciente de que si nos hubiéramos quedado haciendo caso omiso a mis llantos, no nos habría dado tiempo siquiera de reaccionar.

Autor: Maríe Yuset
Humo negro© 2018 Todos los derechos reservados nº1803076041873

Inmadurez

sábado, 5 de agosto de 2017


Hay una niña que me persigue. Anda todo el rato pisándome los talones. Le he dicho que no lo haga. Que no me gusta que se pegue tanto a mí, y mucho menos se acueste conmigo en la cama.

Autor: Maríe Yuset 
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Detrás del matorral

jueves, 20 de julio de 2017
Relato: Detrás del matorral por Maríe Yuset
Imagen de contato1526 en Pixabay 

—Vamos cariño. Solo tienes que concentrarte en respirar. ¿Estás viendo cómo lo hago? Inspira por la nariz... suéeeltalo por la boca.
«Por favor, no puedo más. Voy a llorar. Mira para la carretera, pedazo de bruto, que entre la oscuridad y tus despistes no llegamos al hospital. ¡Por Dios, no sueltes el volante que nos matamos, Julián! ¡Quién me mandaría a mí meterme en todo este lío!» 

—Vamos, cariño, abre la ventanilla, hazme caso. Eso te ayudará.
«Mira que me lo decía mi madre cada sábado, antes de que vinieras a buscarme: "Sarina, no te metas detrás del matorral con Julián, no te metas detrás del matorral". Y venga, mamá, ¡déjame que soy mayorcita! Ay, si te hubiera hecho caso, madre, ¡qué distintas serían las cosas! Y Julián besito por aquí, y Julián besito por allí... ¿Vamos? ¿A dónde? ¡Detrás del matorral! ¡Ja! Si no estuviera empotrada con mi gran barriga entre el salpicadero y el respaldar, me estaría tronchando de la risa. Dios mío, ten piedad. Si es que esto me pasa por dejar que me metas mano, Julián. ¡Ay! ¡Ay! ¡Que viene una más! Juro por lo más sagrado que no me vuelves a tocar». 

—Aguanta, aguanta, cariño, que ya se va. Suelta el aire... ¿Paro y te echo el respaldo del sillón para atrás?
«¿Qué es lo que ha dicho? ¿Que, quiere parar? ¡Lo que quiero es que lleguemos al hospital, Julián!» 

—No te preocupes. Deja mi respaldar como está y acelera un poquito.
—Ok. Tú tranquila, cariño, que lo tengo todo controlado. Sólo concéntrate en respirar.

«¿Y qué crees que hago, Julián? ¿Acaso tengo cara de haber dejado de respirar? Un momento, ¿controlado? ¿Acaba de decirme que lo tiene todo controlado? Esas mismas palabras me las decías detrás del matorral... Y ahora estamos aquí, por culpa de tus besitos por aquí y por allí. ¡Ay, ay! Santísima Trinidad, Virgen del Pino, dame tolerancia. Sagradito corazón de Jesús, intercede por mí, y haz que los ángeles me otorguen el don de la calma. San Judas Tadeo, patrón de lo imposible y las causas desesperadas, conviérteme en mujer buena y misericordiosa, tan llena de bondad que cuando lo vuelva a mirar, no desee, arañarlo, morderle el brazo, darle un puntapié allí donde más duele. Ay, pero qué ganas tengo de verte a ti en mi lugar, chillando, colorado y espatarrado como el día en que te pillaste el dedo gordo con la esquina del sofá. Pero, ¿qué estoy pensando? ¿Que tú podrías aguantar? Si cuando caes de gastroenteritis gritas: ¡me muero!, ¡me muero!, y sólo queda llamar al 112 para que te vengan a buscar. ¡Ja! Por eso soy yo quién trae al mundo a nuestro hijo, machote».

—¿Segura que no quieres que te eche el respaldo para atrás? Dame un momento y verás qué bien vas a estar, Sarina. Mira, si no hace falta ni parar, deja que mi mano se alargue por encima de ti un poquito...
«Santísima Virgen de los Dolores: ¿puedes bajar y explicar a este necio que no toque mi respaldar?»

—No, no cariño, de verdad, no hace falta... Por favor, agarra el volante con las dos manos, Julián.
—Sólo estirarme un poquito sobre tu barriga y agarro la palanca en un "pispás", ya verás.
—No, gracias. Voy bien, de verdad, Julián.
—Déjame estirarme un poquito más, mujer. ¡Casi lo tengo! Tú inspira, y suéeetalo por la boca.
«¡Apártate de mí, Satanás! Tú no buscas mi comodidad. ¡Tú lo que quieres es que yo no llegue al hospital! ¡Ay! ¡Ay! ¡Que me viene una más! Inspira Sarina, espira. ¡Que alguien me quite su manaza de encima de la barriga! Voy a llorar. Qué digo llorar... Voy a sacar la cabeza por la ventanilla para gritar: ¡socorooo! ¡Policíaaa!, un loco va a hacerme parir de agonía. ¡Vale! ¡Compórtate, Sarina! Y respira, que él ya se va. Espira. Se va».

—Conseguido cariño. ¡¡Tachánnn!! Respaldo para atrás totalmente en horizontal.
«Pues genial. Ahora tengo una visión completa de mi grandiosa y tensa barriga a punto de explotar. ¡Ay! ¡Ay! Pero, ¿cómo van tan seguidas? No puede ser. ¿Acaso viene ya?»

—¡Para el coche, Julián!
—¿Qué?
—¡Que no llegamos, que el niño viene ya!
—Venga, cariño. Estamos entrando en el aparcamiento. ¿Ves las luces y la puerta?
«Genial. Si es que ya puedo verlo mañana a primera hora en todos los titulares. Fuente tipográfica: "Arial Black". Tamaño: 36, negrita (la más gordita), y con doble subrayado, (por si acaso): "Mujer estrangula a su marido mientras da a luz en el aparcamiento del hospital". ¡Ja!».
«Ay, Sarina, si le hubieras hecho caso a tu santa madre. ¡Cuánta razón! Pero, ¡cuánta razón! Si es que las madres hablan por boca de Dios».

—¡Ahí viene, Julián! ¡Ahí viene!
— Pues…, ¿empuja?
«¡Arriba Sarina, pies al salpicadero! Dobla las rodillas. Fuera ropa interior. ¡Empuja valiente, que eres la tía más valiente que has conocido nunca! ¡Ayy! Respira y empuja otra vez. ¡Ayy! ¿Contento, Julián? Un momento, ¿te sonríes? ¡Desgraciado! ¡Cómo me gustaría verte a ti en mi lugar! Y a mi ginecólogo también, pariendo en el aparcamiento».

—Estoy viendo la cabeza, cariño, ¿qué hago?
«¿Salir del coche y buscar ayuda? ¡Ya no puedo hablar! ¡Empuja, Sarina! ¡Valiente, que tú puedes! Hazlo otra vez».

—¡Ya está fuera, cariño.! Lo tengo. Te lo he sacado.
«Oh, por fin, se acabó. Adiós al dolor...»
«Espera, un momento, ¿qué ha dicho? ¿"Te lo he sacado"? Pero si he empujado yo, Julián, tú sólo lo has sujetado. Ay, Dios mío... Santísima Trinidad, Virgen del Pino, sagradito corazón y San Judas Tadeo, ¡miren todos a mi niño! ¡Mi niño! Si es que no puedo hablar. Gracias. Un millón de gracias. Mira, mi amor. Lo tienes en tus manos. Tiene tus ojos. Tu boca. Es tan pequeño en tus brazos… Es precioso. Julián, ¿estás llorando?»

—Tranquila, Sarina, tranquila. Nuestro hijo está bien, yo estoy bien. Es de emoción. Lo tengo todo controlado. Pero es tan chiquitito. Es… tan nuestro. ¿Tú estás bien? y ahora, ¿qué hago?
—Sí, estoy bien. Déjame que lo coja yo. Busca ayuda. El cordón umbilical… Ya sabes.
«Sólo espero, que nos den el alta pronto. Recuperarme, volver a la parte trasera del matorral, con besitos por aquí y besitos por allá, tantas veces pueda contigo, Julián. Si es que ya me lo decía mi madre. ¡Ja!»

Autor: Maríe Yuset
Detrás del matorral © 2017 Todos los derechos reservados nº 1707192985557


Publicado en la revista Ser + Magazine

http://sermasmagazine.es/wp-content/uploads/2019/03/Revista-agostoseptiembre.pdf