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Maríe Yuset

© Todos los derechos reservados - Blog literario

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Uno de los dos debe morir

miércoles, 20 de mayo de 2020
Cálamo and Cran


Encontrarse con uno mismo en un salto de espacio-tiempo es lo peor que te puede ocurrir. Cuando sucede, tienes dos opciones. Una, esperar y ver cómo tu cuerpo se desintegra lentamente… He oído que para algunos comienza por las manos, ves cómo desaparecen los dedos, las muñecas, el antebrazo. Se granula como la arena de un reloj y cae haciendo un monturrio del color de tu piel, el rojo sangre y el blanco hueso. Dicen que no sientes dolor, pero que los gritos suelen parar el tráfico, el canto de los pájaros y hasta la voz del viento que se detiene y se toma un silencio. Para otros, puede empezar por los pies. Imaginaos. Imaginaos un momento: tus zapatos monturrio-de-arena-a-razón-del-calzado y tus rodillas caen. Gritas. Le siguen tus caderas a razón del color del pantalón, la piel, el rojo y el blanco hueso. Y gritas otra vez. Supongo que, en cuanto la cosa llega a los pulmones, acompañas al viento en tu velatorio riguroso. El otro yo debe reír, suspirar o levantar la mano en señal de «que te vaya bien»… Un adiós bastante desagradable. En fin. Debe molestar bastante que tu yo siga intacto mientras tú te granulas en un monturrio multicolor sobre el asfalto. Lo extraño de todo esto es que no se sabe a cuál de los dos le va a suceder y se cree que se debe a un golpe de suerte.
Me llamo Alan, dueño del popular concesionario de coches de segunda mano Compact Car. Como verás en la imagen de la hemeroteca de espacio-tiempo, me decidí por la segunda opción. Mi otro yo tomó la misma decisión.

Llevaba meses reuniendo para uno de esos packs de "Viajes al Jurásico". En defensa personal, lo hice con mi hacha Tomahawk en mano, por si me cargaba en el recorrido a algún Velociraptor o uno de esos Spinosaurus con espinas en las vértebras. En fin. Que mientras yo regresaba de pasármelo bomba, supuse que el imbécil de mi otro yo debió pagarse un viaje de "Regreso al día más feliz de tu vida" y se integró justo al mismo tiempo en que lo hacía yo. Claro que, en cuanto su cuerpo terminó la integración, entendí que, si él había llegado a mi espacio tiempo, a mi ahora, no era para decirme lo bien que nos iba a los dos en los negocios del futuro. Aquel yo llevaba un pantalón de un tejido amarronado de esos de la cadena "Vístete como un magnate a precio de empleado" y una camisa por fuera del cinturón inexistente a manga corta. Me quedé pasmado. Yo jamás vestiría sin mis trajes de Brioni, de Alexander Amosu o, por lo menos, los New Armani. Así que uno de los dos debía morir. El yo tenía un tembleque en la mano derecha, donde sujetaba una pistola H&K USP SD con opción para montar silenciador del calibre 9. Estaba dispuesto a matarme. A quedarse con mi ahora. Aquel desgraciado había perdido todo mi imperio en "poco-me-importó-preguntarle-en-qué", así que le lancé como un vikingo loco el hacha. Lo vi rotar en un ángulo vertical de 360° y clavársele en el omóplato izquierdo. El yo se tambaleó un par de pasos hacia adelante y otros dos hacia atrás, antes de terminar de desincrustarse el hacha de la carne. Después, me miró con los ojos exagerados como balones de fútbol, los dirigió al hacha y lo dejó caer atrás. La hoja resplandeciente partió el asfalto. Yo me quedé quieto. Esperando. El yo no había muerto. ¿Cómo iba a hacer? No disponía de mucho tiempo. El yo levantó el brazo con tembleque y su pistola H&K. Disparó. Disparó sin pestañear siquiera. Juro que vi la bala lenta. Lenta y directa hacia ese lugar al que llaman tercer ojo en la cara. Y certifico que la vi con mi sonrisa bien puesta porque el yo chorreaba por el cuello; dejándome a la vista la gozosa exposición de su arteria femoral abierta.

Alan se iba...
También lo haría yo…

Aprecié su desplomo primero, antes de que lo hiciera el mío. Al fin y al cabo, los aparcamientos del concesionario Compact Car seguían siendo míos. Míos, hasta el último gránulo del monturrio sobre el asfalto.

Autor: Maríe Yuset
Uno de los dos debe morir © 2020 Todos los derechos reservado

Nº Registro Safe Creative 2005194053908

Sí, Agustín

lunes, 11 de mayo de 2020
Relato por Maríe Yuset: Sí, Agustín.



Quería cerrar la boca. De verdad que quería cerrarla, pero, cada vez que conseguía apretar los labios, otro llanto la desafiaba al dolor y volvía a abrir la boca para que el frío golpeara sus encías y para que el gemido atormentado brotara con ese efecto visible y denso que nace en el invierno a causa del vaho.

Corría, corría dando algunos traspiés y tropezando con los transeúntes que se volvían para mirarla e increparle algún: «¡Mire por dónde va!». O un «qué le pasa, ¿está loca?». Pero el chaquetón la hacía sudar y a duras penas le permitía expandir su llanto como debía, mucho menos podía volverse a contestar.

Su deseo era llegar cuanto antes a la estación de ferrocarril. Que el tren hacia Aldea no partiera sin que ella pudiera entregar los besos que negó a su amor la noche anterior, cuando le había pedido matrimonio. Al llegar al puente, logró distinguirlo parado con la maleta y el sombrero de lana que ella le había regalado. «¡Agustín!», gritó al tiempo que sus botas se hundían en un charco de agua. «¡Agustín! Digo que sí». Pero Agustín seguía de espaldas con los hombros rígidos. A tal distancia, sería imposible que lograra oírla.

Ana corrió y sacó la bufanda que llevaba en el bolsillo. La zarandeó enérgica por encima de su cabeza, con su vaho visible, con cada «sí, sí, quiero, ¡Agustín!», cada nuevo traspié y cada charco hundido que se le atravesaba durante el recorrido.

A lo lejos, vio el brillo del acero negro que se avecinaba rápido, formidable, con su suave oscilación y con la articulación de las ruedas soportando el peso de los vagones. Agustín, rígido, y ella desesperaba por hacerse notar. El gentío se amontonó a lo largo del andén cuando llegó el tren con la estridencia de su silbido. «Ya queda menos», pensó a salvo de un metro cuando estiró el brazo para tocar su hombro y abrazarlo para siempre; pero Agustín se adelantó vertiginoso un segundo antes de que lo rozara. Ana tropezó con la maleta y la gente gritó. Entonces, a codazos, entró en el espacio vacío a orillas del andén.

El gorro de lana ella veía. La cabeza de Agustín, también comprendía...

Sobre las vías; su torso maltrecho se perdía en el revoltijo de un cuerpo al que debió entregarle su amor.

Ana abrió la boca en un grito y lloró. Los jefes de estación, los avisadores, los maquinistas y los guardanoches dicen desde entonces que la mujer, a pesar de los años, vuelve cada día y repite con voz insistente: «¡Sí, Agustín, te digo que sí!».



Autor: Maríe Yuset
Sí, Agustín © 2020 Todos los derechos reservados
nº 2005113970620

Sombrero Carroñero

jueves, 7 de mayo de 2020


A través de los huecos vacíos de los tablones del cobertizo, conté los cuerpos. 

Seis. Seis llevados fuera de la comunidad y arrastrados hacia el Sombrero Carroñero; así habíamos bautizado a aquel lugar.

La inmundicia humana se servía por medio de un camino rojopolvoriento repleto de púas de genista bermejo. Me limpié el sudor que caía sobre mis ojos para volver a fijarme en cómo los vivos cargan con lo inerte y cómo ese fatídico paso desvela al hombre lo que es inevitable.

Tosí. 

Volví a limpiarme el sudor, la nariz y los restos de mi boca.

Cuando pude regresar la vista comprobé los talones descalzos y teñidos de rojos, de los muertos; y cómo estos abrían surcos sobre los surcos del camino rojopolvoriento

El polvo rojonebuloso se suspendía y ralentizado descendía del cielo y trémolo ascendía desde el suelo. A deuda y consecuencia, todos debíamos respirar. 

Tosí. 

Solté el mango de la horquilla de estiércol y lo dejé caer sobre el chillido de un cerdo. Un cerdo igual de teñido que todo lo demás. Miré sus pezuñas al igual que la suciedad bajo mis uñas, su piel la tierra de las líneas de las palmas de mis manos, sus orejas y el esparcido a talco sobre mis botas y mi ropa: rojo. Absolutamente rojo. 

Tosí. 

Oí chillar a un cerdo. 

Aquel polvo llegó con aviso previo; una explosión seguida del temblor de los prados, de las nubes, del aliento... Las dos primeras semanas perecieron los ancianos, los niños menores de cinco años y los que mal tuvieran el cuerpo; solo los fuertes al cambio resistieron dos semanas más; perecieron los terneros, las vacas, las gallinas y los caballos. Perecieron los perros, menos los cerdos.

Se fue mi padre. Le siguió mi madre y también el señor Miau. Jamás supe del dolor de la pérdida hasta que se fue mi señor Miau.

Tosí. 

Tosí con más virulencia y decidí que era hora de descansar y dejar que los muertos llegaran a su destino en paz. Así que caminé sobre el estiércol, aunque no sé cuánto tiempo tardé en acostarme en uno de los catres. A la izquierda, una hilera de chicas de miradas embotadas imitaban cada uno de mis movimientos. No recuerdo sus nombres. Tampoco ellas recuerdan el mío. 

En silencio cierro los ojos en un intento por tomar el control. El sonido de las respiraciones van in crescendo como cornetas que surgen arrítmicas a la caída del sol. 

Se hizo difícil para nosotras, cuánto más para los chicos que dejaron sus quehaceres y, de rodillas, se abrazaron a nuestros vientres rojos. 

Llegó el momento de relegar, que tomen ellos nuestros catres, que sean ellos los que tomen nuestras ropas, el esparcido de talco sobre las botas, la tierra de las líneas de las palmas de las manos y la roja suciedad bajo las uñas. 

Supongo, en este costoso y último pensamiento, que el Sombrero Carroñero pronto alargará su vuelo a la comunidad y acabará con todo lo que quede para entonces vivo: los rojos cerdos.


Autor: Maríe Yuset
Sombrero Carroñero © 2020 Todos los derechos reservados
 2001192900916


Junto al arroyo

miércoles, 1 de enero de 2020


—Sí, ¿diga?

—Luis, cariño. Estoy esperándote. Tengo tantas ganas de verte… Estoy junto al arroyo, bajando la ladera. A la sombra del roble que se apaga cuando arremeten las nubes contra él…

—¿Oiga?

—Luis, soy yo. Olvidé decirte cuánto te quiero. Estoy justo donde la corriente se detiene. En la desembocadura del arroyo, ¿recuerdas? Sentada sobre la piedra musgosa y tornadiza que dejó estampados verdinegros en tus pantalones, la que si cierras un ojo y ladeas la cabeza deja de ser una piedra y parece una rana panza arriba. Es sorprendente. Aquí nos cogimos de la mano la primera vez. Aquí nos declaramos después de que me cubrieras de besos… El arroyo ahora apenas lleva agua, ¿sabes?

—Disculpe, no oigo nada… ¿Quién es?

—Soy yo, Carla, ¿me oyes? Te espero aquí, cariño, que nuestra piedra sigue siendo igual de confortable. Recuerdo que saltábamos desde aquí cuando el caudal se desbordaba y el arroyo parecía una piscina viva y fresca. Cómo brillaba el agua cuando caían las hojas de las hayas, cuando el roble presumía de su reflejo en el cauce detenido… Ya no. Ahora el arroyo es opaco, triste, y el vaivén del agua pastoso y lento, por culpa del lodo. Pero sigue llegando hasta aquí el eco de los estudiantes en el campus, y si cierro los ojos puedo ver los dos edificios centrales, la residencia y hasta la ventana de mi habitación. También veo el parque y el camino mal iluminado que lleva a la biblioteca.

—Disculpe, voy a tener que colgar. No consigo entender nada.

—Oh, Luis, no. No, por favor, no cuelgues. No debí quedarme en la biblioteca hasta tan tarde. Debí escucharte, cariño. A la salida, la furgoneta ya estaba allí. Me siguió… Te juro que en cuanto me di cuenta comencé a correr tan deprisa como pude; pero las ruedas chirriaron y bloquearon mi huida. Primero oí el portazo del conductor. Enseguida, la puerta corredera que se abrió frente a mí. Me quedé petrificada cuando de ella salieron dos, y el del portazo… El de la gorra con el águila blanca, ¿recuerdas? El tipo del diente partido al que le dijiste aquel día que dejara de mirarme… Se abalanzaron sobre mí, Luis. Quise patalear, gritar —¡socorro, ayúdenme, socorro!—. Uno selló mi boca con sus dedos. Ahí pataleé, cariño, pataleé hasta que me quedé sin fuerzas. Otro me golpeó en el estómago. Me subieron a la furgoneta: viciado olor a hierba, alcohol pestilente, golpes, dolor, angustia —¡socorro, ayúdenme, socorro!—. Terror, rabia, impotencia, metal en mi boca… Trago mi propia sangre punzante, late, quema… Acaben las manos, acaben los cuerpos, ¡dios, ayúdame! Que acaben sus bocas, que acaben… Acometidas, una tras otra, por turnos, un infierno de resignación, repugnancia hasta el final, palos y patadas. Creí que podría irme a casa, Luis, creí que podría volver contigo, amor… Pero corrió mi sangre bajo su ira, quedé como un bulto deshecho, un saco de boxeo viejo, rojo, desgarrado.

—Carla, por dios, ¿eres tú? Esto va a volverme loco…

—Oh, sí, sí, mi amor, soy yo. No estás loco. ¡No cuelgues! ¡Gritaré más fuerte! ¿Puedes venir a por mí? ¡Ellos me dejaron aquí, en el fondo del arroyo! Hace tanto ya que las hayas han sido guillotinadas… Si te fijas, semihundido en el cauce, puede verse el resto de mi mano. Soy una silueta, soy el destello plateado… Una especie de anillo fantasmagórico sobre la rana… Igual que el arroyo, también he cambiado. Pero aquí te espero. Tengo tantas ganas de verte…

Un clic. Un final de llamada.

Una pausa. Un nuevo tono.

—Sí, ¡¡dígame, por dios!!

—Luis, cariño. Estoy esperándote. Tengo tantas ganas de verte… Estoy junto al arroyo, bajando la ladera. A la sombra del roble que se apaga cuando arremeten las nubes contra él…




Autor: Maríe Yuset
Junto al arroyo © 2017 Todos los derechos reservados nº1708043231038

Versión en inglés: http://www.marieyuset.com/2019/09/by-stream.html

By the stream (English version)

martes, 10 de septiembre de 2019



"Yes, hello, tell me?"

"Luis, darling. I'm waiting for you. I'm so eager to see you... I'm by the stream, down the slope. In the shadow of the oak tree that turns off when the clouds charge against it..."

"Hello?"

"Luis, it's me. I forgot to tell you how much I love you. I'm right where the current stops. At the stream's mouth, remember?"

"I am sitting on the stone that has moss and has a contoured shape that lefted black and green prints on your pants, the one that if you close one eye and tilt the head stops being a stone and looks like a frog belly up. It's surprising. Here we held hands the first time. Here we declared ourselves after you covered me with kisses... The stream now carries hardly any water, you know?"

"Excuse me, I can't hear anything... Who is it?"

"It's me, Carla, can you hear me? I'm waiting for you here, darling, our stone is still just as comfortable. I remember that we jumped from here when the flow overflowed and the stream looked like a living and fresh pool. How the water was shining when the leaves of the beech trees fell, when the oak tree boasted of its reflection in the calm channel... Not anymore. Now the stream is opaque, sad, and the swaying of the water is pasty and slow, because of the mud. But continues to reach here the echo of the students on campus, and if I close my eyes I can see the two central buildings, the residence and even the window of my room. I also see the park and the poorly lit track leading to the library."

"Excuse me, I'm going to have to hang up. I can't understand anything."

"Excuse me, I'm gonna have to hang up. I can't get to understand anything."

"Oh, Luis, no. No, please don't hang up. I shouldn't have stayed in the library so late. I should have listened to you, darling. On the way out, the van was already there. It followed me... I swear that as soon as I realized it, I started running as fast as I could, but the wheels squeaked and blocked my escape. First I heard the door slamming from the driver.  Immediately, the sliding door opened in front of me. I was petrified when three men came out of it... The one with the cap with the white eagle, remember? The guy with the broken tooth that you told that day to stop looking at me... They rushed at me, Luis. I wanted to fight, to shout, "Help, help me, help! One sealed my mouth with his fingers. I kicked, darling, I kicked until I ran out of strength. Another one hit me in the stomach. They put me in the van: tainted weed smell, pestilent alcohol, blows, pain, anguish -help, help me, help! Terror, rage, impotence, metal in my mouth... I swallow my own blood, stabbing, beating, burning... Stop the hands now, finish the bodies now, God, help me! Let them finish their mouths, let them finish... Rammings, one after the other, in turns, a hell of resignation, repugnance until the end, sticks and kicks. I believed I could go home, Luis, I believed I could come back to you, love... But my blood flowed under his wrath, I was like a broken bundle under them, an old torn punching bag, red, ripped apart."

"Carla, for God's sake, is that you? This is going to drive me crazy..."

"Oh, yes, yes, my love, it's me. You're not crazy. Don't hang up! I'll scream louder! Can you come and get me? They left me here, at the bottom of the stream! It's been so long since the beech trees were guillotined... If you pay attention, half sunk in the riverbed, you can see the rest of my hand. I am a silhouette, I am the silver flash... A kind of ghostly ring over the frog stone... Just like the stream, I have also changed. But here I wait for you. I want to see you so much..."
One click. An end of call.
A pause. A new tone.

"Yes, tell me, for God's sake!"

"Luis, darling. I'm waiting for you. I'm so eager to see you... I'm by the stream, down the slope. In the shadow of the oak tree that turns off when the clouds charge against it..."


End

A story by Maríe Yuset © 1909101886164

Maríe Yuset (1977). Since childhood I have lived with Fear. I know her face. I know her voice. She has dominated me for as long as I can remember and I know she is determined to stay. But as I advance along this path of writing, I can proudly say that I have found a weapon capable of facing it: when the pencil takes hold of my hand and the blank sheet of paper of my thoughts, Fear falls silent, Fear hides... It is an ephemeral moment, but glorious. Then, I stop fearing it. And it is Fear that fears me.

Estoy afuera

martes, 1 de enero de 2019


Sé que estás leyendo esta carta. La he dejado en el bolsillo de tu chaqueta esta mañana; antes de que te marcharas. 
Me hubiera gustado llamarte pero no me permites hacerlo, así que, como sé que vas a encontrarla, espero que te grabes cada una de mis palabras.
Estoy afuera. Y lo he entendido todo. 

He pulido y sacado brillo a mi antigua armadura, ¿la recuerdas?, ¿aquella que tanto detestabas cuando me conociste? De la que me despojé para enamorarme de ti. La que guardé bajo llave. Llave que perdí al fondo de este agujero, un agujero que me hiciste creer cálido. Mea culpa, lo confieso; yo consentí que lo cavaras para mí. Pero ahora estoy afuera y lo he entendido todo. Me dejé vencer. Rendí a mi guerrero. 

Lo supe al abrir el portón de esta casa, cuando las primeras columnas de luz atravesaron las bisagras y se quejaron más de lo que pude entonces hacerlo yo. La mañana afectó a mi dolorido cuerpo; no era grato salir de las sombras, no cuando llevas tanto tiempo hundida entre ellas. Estuve a punto de volver a cerrar el portón y meterme de nuevo en la cama, envuelta entre mantas, guarecida... «¡Deja de tambalearte!», me dije entonces; mientras aseguraba mis tacones a los empedrados de la calle. «Anda con cuidado…», me dije. Las cosas aveces empeoran si no te andas con sumo cuidado, ¿verdad, Pablo? 
Conseguí llegar a pesar de tocar varias veces mis tacones más allá de la plaza de San Antonio Abad y me puse las gafas de sol. Cada paso me aturdía y violentaba el dolor de mi cabeza. Dónde quiera que mirara se hacía insoportable y miles de estrellas chispeantes me atacaban; ¿cómo esas purpurinas que adornan los trajes de carnaval?, pues igual, hasta hacer llorar mis ojos. 

Aferré el bolso a mi vientre. Yo solo deseaba llegar... 

Por la escalera trasera de la catedral, giré a la izquierda por otra callejuela; la misma donde antaño se alzaba parte del Hospital de San Martín. No pude evitar que se me revolvieran las tripas, sabiendo que bajo mis pies se hallaban cientos de cuerpos enterrados; no por los cuerpos de los adultos; sí por los huesos de los niños. ¿Sabías que, en aquel hospital, se había habilitado una zona para niños abandonados? Madres que se separaban de sus bebés por la extrema pobreza de aquellos tiempos. Madres que convivían en el barrio junto a los moradores hombres de las casas señoriales. Esos bebés eran colgados de las puertas y ventanas del hospital; lo hacían para evitar que las ratas mordisquearan sus cuerpecillos. La calle debía apestar a fango y a heces. Igual que apestaría el narcisista rico de aquel entonces, padre de uno o más bebés..., y que pasaría por allí sin tan siquiera mirar... Los narcisistas no han cambiado tanto. Son como las ratas. Están por todos lados. De esas criaturas no te puedes librar sin pelear. 

«—¡Diana!» 
No te asombres, Pablo, si escribo su nombre, quizás comiences a sudar cuando llegues a esta parte de la carta. Sí. Era Teresa. Inspiré con fuerza y expulsé el aire lento. Te digo que tuve náuseas. 

Su pelo, perfecto, espeso y ondulado, lo recogía detrás de las orejas. Las cejas pobladas se alzaban sobre sus ojos intensos con la profunda y sincera felicidad reflejada en ellos. Pantalones vaqueros de esos en apariencia desgastados pero de los caros y la camiseta de algodón negra de manga corta ajustada a su torso perfecto y siliconado… Sois tal para cual. 

«—Hola —le dije». 
Me arrastró del brazo hasta sentarme en una de las sillas vacías de la cafetería El canalla de Vegueta. 

«—Hacía meses que no te veía — dijo —, ¿qué hay de tu vida? Aunque es cierto que sé un poco de ti gracias a Pablo. Me ha dicho que seguís en contacto después de tu despido». 

«Tranquilo, Pablo, no te alarmes y sigue leyendo...». 

«—Hace tiempo que no sé de él —contesté». 

«—Estamos genial. Eso sí, Pablo viaja mucho. Dos días aquí, tres días allí, a veces tengo suerte y regresa al día siguiente por la mañana. Acabamos de celebrar nuestro octavo aniversario». 

¡Vaya! Felicidades ante todo, y no te irrites, que tampoco contesté.

«—Además…—siguió Teresa —, vamos a ser papás».

El silencio fue estruendoso como un grito. ¿Puedes oírlo tú también? 

Escuché relatar toda vuestra velada mientras solo podía pensar en aferrar el bolso contra mi vientre y que las jodidas estrellitas desaparecieran de una puta vez. 

«—Discúlpame —dije».  
Me levanté. Me fui. 

Entonces pensé por primera vez en escribir esta carta, y qué incluir en los primeros párrafos. 

Lo único que tenía claro, Pablo, era: estoy afuera y lo he entendido todo. 

Ahora sé que estarás de pie, granítico e irritado, con tu puño cerrado mostrando unos nudillos tensos y desafiantes, justo ahí, donde llevas la alianza. En la otra mano, la carta alzada que sé que estás deseoso de poder romper. No te preocupes, lo entiendo, sé por qué lo has hecho; cuando me conociste, descubriste a un guerrero muchísimo mejor que tú; más audaz, leal y bello, repleto de savia libre, con una armadura tan brillante que hacía eclipsar a tu negra coraza narcisista. ¿Una mujer por encima de ti? No ¿Verdad, Pablo?

Mea culpa. 

Quiero que sepas que tu coraza, alejando de mí la hipocresía, siempre vi, tal y como era; renegrida, morada ferviente de las mentiras. No sé cómo, pero con alguna droga o trance me anestesiaste, me cegaste y me rendí. Y aunque una vocecilla me susurrara un: aléjate, hazlo, vuélvete despacio; me dejé llevar por tu abrigo protector y el albergue de un futuro juntos. Hasta que, esa mañana, no solo abrí el portón, no solo me dejé rodear de luz, sino que tuve la bienaventurada conversación con Teresa. Y entonces entendí. Y entonces la migraña desapareció. Eras tú, siempre tú y solo tú el causante de todo este dolor.

Para ti queda el asco total y el desprecio. He excavado el fango que lanzaste sobre mi cabeza durante todos estos últimos años de esperas y promesas. Las uñas me han sangrado excavando este agujero los días que tú no has estado. Y a pesar que el agujero volvía a derrumbarse he seguido fiel en mi empeño por salir y hasta del fango me he alimentado. Me harté de esperarte, de mi desidia, de mi pérdida de valentía. Me harté de ser vencido, de ser quebrado y de ser guerrero enterrado. 

Fue ese mismo día, ¿lo recuerdas?, ¿cuándo estaba desesperada por llamarte? Llegaste después y abriste el portón con todos tus aires de grandeza y hablamos. Ni siquiera te acercaste. ¿Dónde te quedaste, Pablo? ¿En la puerta de mi alcoba? ¿Donde siempre has querido estar? Esa misma mañana. La misma que había visto a Teresa. La misma en la que aferraba el predictor positivo dentro de mi bolso; con aquel horrible dolor de cabeza, deseosa de llegar a la farmacia para que otros me lo confirmaran. Pero ya no hacía falta. Sentada en los pies de la cama, horas antes tú estabas con los nudillos enrojecidos, reprochante. Echaste mano a la cartera, te quitaste la chaqueta y la lanzaste furioso al tocador. Aludo y cito sin dolor al recuerdo que aconteció a tus palabras, ¿las tienes presentes? Ellas siguen rezumbando como moscas en mis oídos y se revuelven como culebras bajo mi vientre: loca inútil, dijiste, si crees que por ti voy a dejar todo lo que con Teresa he conseguido es que eres imbécil. Abriste la cartera y lanzaste a la cama tu buen acopio de billetes. Con esto lo puedes zanjar, dijiste, qué necia eres si creíste que de alguna forma me podrías atar.

¿Atar, Pablo? Se me revolvieron las tripas. Te fuiste; para volver la noche siguiente como si tal cosa. Para encender el dolor y por encima de todo llegaste con la amenaza de acallarme. Pero en cuanto cerraste la puerta, surgió un grito roto en mí. Tuve que doblarme en dos; no recuerdo las horas exactas que estuve en aquella posición, pero sí recuerdo esa especie de rugido seco que siguió y que hizo que perdiera el control. Me abracé a mi vientre. Arropada en él dupliqué mis fuerzas, mis ganas de enfrentarme; rodearme de luz. Noqueé la contienda de mi corazón; ungí los morados que dejaron tus palabras culebrinas en mi vientre. Retiré los restos de fango en mi rostro y... la sentí. ¡Ella estaba allí! ¡La llave! La que perdí para entregarme a ti. 

Trepé los pocos centímetros de agujero que me quedaban con más ímpetu. Hice presión contra las paredes estrechas, la cabeza, el torso, los brazos; pensando que lo hacía con el mismo coraje que impulsaría a mi hijo a abrirse paso por el útero de su madre. Esta imbécil necia estaba afuera; me puse de nuevo mi armadura. Miré la cama y tomé el favor de los billetes, saqué hoja en blanco y te dejé este legado de adiós; la metí en tu chaqueta y esperé tu regreso la noche siguiente.

Verte con tu alianza firme y anclada a tu dedo fue un alivio. Por supuesto, Pablo, no debes dejar atrás lo que tanto has conseguido. No puedes volver a quebrarme. No puedes volver a despojarme de mi armadura.   



Autor: Maríe Yuset
Estoy afuera © 2017 Todos los derechos reservados nº1711064749147

La forma (Microrrelato)

sábado, 17 de noviembre de 2018

Tumbado en la cama, cierras los ojos y presientes el hilo de luz de luna que atraviesa la ventana y enfoca tu cuerpo; nada puedes hacer para remediarlo. El chasquido delata el momento exacto en que la luz se apaga y emerge esa forma que crece oscura. Tú puedes distinguir su sombra de cualquier otra; no pertenece al armario, ni al espejo del tocador, tampoco a la silla a los pies de tu cama. Te limitas a esperar inmóvil mientras tu cerebro te recuerda que sí, que a pesar de que tus ojos siguen cerrados, estás despierto. De nada sirve reaccionar cuando la forma te asalta y cae sobre tu cuerpo con el peso de una losa de mármol y el tacto frío y húmedo del hielo. La forma te aplasta, la forma te hunde. Pides auxilio, ese instinto aún prevalece en ti, pero de nada sirve. Tus gritos mudos se agotan y el sudor te envuelve. Tus manos dejan de ser tus manos. Tus piernas dejan de ser tus piernas. Y la forma roba tu rostro. La forma toma tu cuerpo. El hilo de luz de luna regresa. Te rindes, sin eco alguno de lo que fue tu voz, incapaz de escuchar tus propios pensamientos. Te dejas llevar. Lo aceptas, y abres los ojos. Abajo, ves un montón de huesos y carne que ya no te pertenecen. Ahora eres la forma, te desvaneces en el hilo de luz de luna, atraviesas la ventana, y no vuelves.

Autor: Maríe Yuset
La forma © 2018 Todos los derechos reservados
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