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Aliento

lunes, 30 de julio de 2018
Fotografía por Freddy Poma


«No quiero dormir».
Esas son las palabras que salen de mi boca cuando mis pies alcanzan el segundo peldaño. La escalera emerge como una extraña ruta entre las dunas: árida, estrecha, sombría y asfixiante. Igual que en el desierto, bajan las temperaturas, el sudor se enfría en tu espalda y las rodillas heladas… tiemblan. El silencio estomagante te aplasta. «No quiero dormir», repito, pero ¿qué otra cosa podría decir si esta casa carece de pavimento y se ha llenado de arenas movedizas? Miro a mi padre. Junto las palmas de mis manos y me las llevo al pecho como si yo fuera un beato. Ferviente, a modo de plegaria, le suplico como si él fuera un dios… Me mira y recuerdo que ya no consigo si quiera reconocerle la cara. Incluso es mi propia voz la que llega a mis oídos como un timbre quejumbroso que pide clemencia y que tampoco yo reconozco. Mi voz tirita. Mi voz se apaga. Y, aunque grite y el eco retumbe en estas paredes de arena, jamás lograré obtener respuestas. Y si insisto, y con ello cruzo los límites de la paciencia, sus ojos me devolverán la brillante hebilla de su cinturón y sus manos, la furia del regio consuelo. Mejor me callo. Mejor no digo. 
Como un ente errante, me encamino a la sombría escalera. Sigo mudo y contengo el aire mientras consigo llegar a los últimos peldaños. Me arrastro en la cumbre. Allí, gacho, aguardo su manifestación. Que salte de las sombras la criatura sin alas y que el fétido aliento despida por la boca. Si mi madre estuviera, no dudaría en dormir conmigo.
Con los ojos pegados a las sombras, gateo por el pasillo tan solo iluminado por la luz tenue y amarillenta bajo de la puerta de mi hermano. Él apenas sale de su cuarto.
En mi habitación sigo sin sentirme protegido, pero no me escondo. No puedo esconderme si duermo al lado del refugio del monstruo. ¿Para qué encender la luz? Solo enturbia y espesa mi mente. La luz agita mi cuerpo y es demoledora para mi pecho.
Lo oigo. Se levanta bajo las sombras de una esquina. Ahí llega. Despacio a la cama. No puedo mirarlo. Él me aterra demasiado. Mejor me callo. Mejor no digo. Mejor no hago nada… ¿para qué? Su cuerpo anda ligeramente encorvado y, a cada paso, respira con mayor dificultad. Su olor ha impregnado en el acto el cuarto y llega a mis fosas nasales como una ráfaga furiosa que precede a la tormenta para atragantarse en mi garganta. Él me provoca arcadas, me asfixia. Y la tormenta de arena llega. Me cubro la nariz, me cubro la boca. La primera arcada no se hizo esperar. Luché. Luché por contener mi vómito. En cuanto él sujeta uno de mis tobillos, me arqueo y ya no puedo contenerlo. Él empuja su cuerpo contra los hierros de la cama. Las sacudidas marean. Gimiendo y gimiendo el monstruo de fétido aliento. Una cloaca pútrida de palabras sucias llena su boca de excrementos. Hasta que también él vomita. Una viscosidad aberrante que se derrama sobre mis tobillos desnudos. Después jadea, me suelta, suspira y yo quedo sepultado bajo una lapidaria duna de arena.





Autor: Maríe Yuset
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