Intrépidos


—¿Estás seguro que no se despertarán? —dijo Yod a su hermano que ya estaba posicionado mientras de reojo se fijaba en las dos bestias de abajo.

—¿Despertarse en sus horas de siesta? —contestó a su hermano menor —Por favor, ¿no los ves?, míralos, Yod, ¡pero si babean!… No te estarás rajando, ¿verdad?

—¿Rajando yo, me ves cara de rajao, Kuk? 

—Joder…, ¡ya sabía yo que no podía contar contigo! Tienen razón todos nuestros hermanos, eres un cagao, sigues siendo el peque de mamá.

Yod dio un paso atrás, no quería enfrentarse con Kuk. Sabía por experiencia que si lo hacía saldría muy mal parado, así que levantó los ojos compuestos al cielo y se tomó un tiempo para soltar varios quejidos de resignación. 

—Muy bien, allá vamos. A ver quién se acerca más a las narices de la bestia que ronca. 

Yod bajó la cabeza y se acercó la malla pegajosa al cuerpo. Le dio varias vueltas por la zona del tórax y la anudó con un nudo doble más de seguridad. De peque, él, no tenía nada, pensó cuando se adelantó decidido y llegó al borde del precipicio. El viento le movió el vello de la cara. Observó cómo soplaba en dirección este y oeste, oeste y este. Contó el tiempo de cada batida. Este, oeste, oeste y este. Saltaría, pero lo haría justo en una de las recogidas del viento. El entrenamiento extremo consistía en eso, rozar sus narices... ¡Pues lo haría sin piedad! Caería por la pared vertiginosa sin  ápice de arrepentimiento. Oeste y este, se agazapó. Este y oeste, le regaló una vista generosa de su enorme trasero a Kuk. Saltó.

Kuk lo vio y se lanzó detrás, entusiasmado por la valentía de su hermano pequeño. 

Los dos saltos eran idénticos. Los dos saltos extendidos con todos los miembros abiertos.
Yod giró y quedó boca abajo para que su vertical fuera más veloz y arriesgada. Kuk al verlo gritó y el tiempo se ralentizó, todos los objetos en derredor quedaron inmóviles… 

...
—¿Y qué harás si cuando llegues abajo una de esas bestias se despierta, Kuk? 

Yod le miraba con los ojos compuestos de marrón y negro, en el centro, aquel intrínseco brillo siempre desconfiado. 

—Joder, míralos, Yod, tienen la boca abierta… El gordo, ronca tanto que le vibran los orificios de la nariz.

—Aun así, Kuk, no te fíes del otro, aunque sea pequeño y escuálido te digo yo que es ágil. No lo subestimes. 

—Eres tú quién debe estar atento, no yo.

—¿Estás seguro que no se despertarán?

...

El tiempo retomó su lugar. Imposible frenar la caída a esa velocidad. Kuk gritó de nuevo. Su hermano pequeño no le oía. La bestia gorda había abierto los ojos. La escuálida fue rápida y alzó las dos manos. Kuk sólo oyó "chaf". Y en su retina quedó su pequeño y valiente hermano aplastado.

—Sergio, ¿has visto de la que te he salvado?

Ana se limpió la mano en las sábanas y apagó el ventilador.

—¿Era un mosquito?

—No. Era una araña … y juraría que de ojos negros y marrones.


Autor: Maríe Yuset
Título: Intrépidos
(Ironía) Intrépidos © 2018 Todos los derechos reservados n1804246665615

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