Humo negro

En cuanto llegamos a la pista me escabullí entre la multitud. Estaba fascinada. Había tanta gente, tanto espacio donde correr... Oí la voz de mi madre entre tanto alboroto: "¡María, no te vayas lejos, quédate donde yo te vea!". Y esa era mi intención. Así que para no perderme corrí en redondo con los brazos estirados como las alas de una avioneta.

Al principio no vi caras, solo vi piernas. Yo no llegaba al metro de estatura. Me imaginé que todas las piernas que se atravesaban en mi trayectoria eran troncos de árboles que debía esquivar, sin un ápice de error. Cada vez más rápido. Más peligroso. Cada vez más cerca. ¡Dejé que mis alas rozaran...! Silbé, mis alas cortaban el viento, me ladeé, un poco más. Hice un giro completo, con la cabeza casi rozando el suelo. Imité el sonido del motor de la avioneta de acrobacia que pasaba justo en aquel momento por encima de mi cabeza.  Grité. Grité con todas mis fuerzas, muerta de risa, hasta que me di de bruces contra un par de piernas. Las piernas eran largas y gruesas, de pantalones tejanos. Se quejaron, su dueño, (un hombre de espeso y largo bigote) me contempló desde las alturas con las mismas arrugas en la cara de cuando se te mete una piedra en el zapato. Me eché a reír y volví a alzar los brazos. Seguí mi recorrido, con mi arranque de motor hasta toparme con otras piernas que fueron muchísimo más amables conmigo. Alguna caricia fugaz y algún que otro revoltijo en el pelo mientras proseguía con mi vuelo. Cada vez más rápido, más peligroso, con el ruido de las acrobacias en el cielo, las charlas y las risas de las familias que disfrutaban sobre la explanada, en la pista. Colchas y mantas en el suelo se convertían en nuevos desafíos para mi vuelo. Todos comían, bebían, adornando y llenando de colores el aeródromo. Hice otro giro poniéndome seriamente en grave peligro. La cabeza vuelta por completo, a punto de resbalar y caerme de lado cuando lo vi. Venía de frente a mí.  Su rugido era ensordecedor. Un monstruo metálico que bajaba y quedaba con la cabina del piloto vuelta hacia abajo. Tan bajo. Tan bajo que iba a decapitarme. Grité. Grité con todas mis fuerzas y me lancé al suelo con las manos protegiendo mi cabeza. Esperé unos segundos aterradores apretando los ojos con fuerza. Pasó. Pasó sin cortarme la cabeza. Me incorporé despacio, con un dolor de estómago intenso. Miré hacia los lados y todos lo que se encontraban sentados se reían de mí a carcajadas. Sentí mucha vergüenza. Recuerdo el calor en mi cara. Corrí llorando hacia mi madre, desesperada. No me salía la voz. No podía hablar. Me ahogaba. Aquella avioneta iba a decapitarme.

Quiero irme a casa, grité. Mi niña, ¿qué te pasa?, dijo mi madre. Pero, ¿qué iba a decirle?, un avión iba a decapitarme... Quiero irme a casa, le dije, tengo hambre, le dije. Y seguí pataleando y llorando con todas mis ganas. 

Recuerdo que mi padre me cogió de la mano. Caminamos hacia el coche, a unos ciento cincuenta metros de la pista. Papá abrió la puerta del coche y en ese justo momento el estruendo rompió toda festividad. Los gritos no podré olvidarlos. La gran bola de fuego, el humo negro. La avioneta arrastrando cuerpos. Mamá gritó. Yo seguí llorando con una mezcla de terror y alivio en el pecho.

Domingo 8 de Abril de 1984. Aeródromo de los Rodeos. Se celebraba una muestra aeronáutica que hacía de colofón al II Congreso Nacional de Aviación General y que conmemoraba el final de festejos en el día del aeropuerto de Tenerife Norte. 6.000 personas presenciaron las peripecias de los pilotos, muchas familias habían decidido pasar el día con sus pequeños en aquel acto de celebración. Una avioneta monoplaza Zlin Z50 se precipitó sobre la pista. Chocó y arrasó la explanada del aeródromo envuelto en llamas, llevándose por delante a los espectadores. Las alas iban levantando a las personas que encontraba a su paso. Mi padre corrió como otros hombres a prestar la ayuda que se pudiera necesitar. Recuerdo ver a mi padre meterse en aquel humo negro. La tragedia llenó el aire de llantos, gritos... Mi padre dijo que cuando llegó al lugar fue consciente de que si nos hubiéramos quedado haciendo caso omiso a mis llantos, no nos habría dado tiempo siquiera de reaccionar.

Autor: Maríe Yuset
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