La taberna del Fraujo


Elvia oyó el reiterado aporrear de puertas. Esta vez no levantó los ojos de las puntas de los dedos de sus pies que, bajo los pliegues de su falda se asomaban blanquecinos y resplandecientes. Elvia deseó correr y abrir las puertas de par en par y a asumir las consecuencias. Pero quedó quieta. El temblor le hizo apretar los labios con más fuerza, bajar la cabeza y contener un sollozo. Daven seguiría allá afuera, a la intemperie. Los relámpagos descenderían en picado sobre él. Sus fogonazos lo bañarían de una luz plata fantasmal. Ella podía imaginárselo, empapado, de rodillas, con los dedos entrelazados y las palmas aferradas como un solo puño. Con la cabeza gacha y los cabellos rubios…

Daven hizo aporrear las puertas. Hizo temblar las bisagras. Exhausto reposaría la frente bajo el escudo de la taberna del Fraujo. Miraría el escudo y los relieves que contenía. Las figuras… Dos gatos, una capa de plumas, un martillo y el estandarte grabado en sangre de una promesa: "Te lo daría, aun si fuera de oro, te lo cedería, aun si fuera de plata". Daven repetiría aquellas palabras en voz baja como si fueran una plegaria que pudiera otorgarle la entrada...

Hacía tanto tiempo que Daven había dejado de gritar, pensó Elvia. Aún resonaba en sus oídos el último lamento; eco de una brisa helada, un grave y desvalido aullido más parecido al de un lobo que al de un hombre. Elvia levantó la cabeza y se obligó a andar. Danzó entre las mesas. Balanceó las caderas con sonrisa lenta. Las jarras volaban de un lado a otro hasta chocar entre ellas: por arriba, a su espalda, a los costados, en cada giro. Carne asada y especias intensas la rodeaban; alcohol, de ráfagas afrutadas, de humo y miel. 

La taberna del Fraujo adornaba sus paredes de escudos. Los suelos de maderas nobles y columnas de piedras con techos altos pintados de nubes blancas, cielos azules, relámpagos y espadas doradas. El olor a leña sahumaba el lugar, y el calor de los fuegos se propagaba a través de las urnas dispuestas en filas en el centro del lugar. Allí, la taberna también se llenaba del soplo divino del cortejo. De un aroma que te hacía reír y bailar como hipnotizada. Cada día y noche, su señora y ama, fuente hacedora de tal fragancia, se acomodaba sobre un escaño desbordante de pieles. Reclinada, lucía sus piernas de un blanco hielo. Sus trenzas en derredor caían como un manto de trigo a su espalda. Sobre la transparencia de su vestido, un corselete grana no llegaba a cubrir sus senos. El rosáceo de sus pezones acaparaba la visión de todos los hombres; aunque las miradas debían durar muy poco. Todos adoraban a su señora y ama. Hasta los dos gatos blancos de colas como plumeros que ronroneaban y se frotaban contra su cuerpo. Su señora los acarició, con la misma elegancia con la que se movían los felinos. 

Elvia se cruzó con sus ojos y ésta le respondió con una mirada dura por la insolencia. Simuló como pudo moviéndose entre las mesas; hasta que una brisa gélida le cerró el paso. En solo un pestañear la diosa estaba frente a ella. Freya.

—¡No vuelvas a pedírmelo! — Le recriminó, con el rostro frío e impasible. 

—No lo he hecho, ama.

—Es evidente tu súplica. Yo presto oídos, es mi deber, oigo y cumplo peticiones, pero la tuya, Elvia, no. ¿Quieres que las columnas caigan sobre nuestras cabezas? ¿Quieres que mañana el Sabio, Guerra y Muerte, haga que no amanezca? ¿Quieres que la luna perezca en el firmamento? ¿Quieres que los campos de los nueve mundos no vuelvan a germinar y todo ser de vida en ellos, Odín destruya?

—No. Preferiría perecer yo…

—¿Acaso ha sido Daven escogido para entrar por estas puertas?

—No, ama… No lo ha sido. Es un ladrón… 

—No abriré las puertas para él, Elvia. ¿Acaso Daven ha sangrado hasta morir por Odín? 

—No, ama… 

—Él no es digno de entrar aquí. Haz tu trabajo o saldré ahí fuera y haré que de ese ladrón de plumas quede… nada. 

Elvia asintió y la bordeó. Con las rodillas temblando se dirigió entre las largas y abarrotadas mesas. Sonrisa lenta. Balanceo de caderas. Aguantó el ritmo de su respiración. No miró atrás, Freya la seguía con la mirada, podía sentirla como un vaho frío a la espalda. Los dos gatos seguirían allí con sus colas altas frotándose entre sus piernas, cediéndose la vez sin apartar tampoco la mirada de ella. 

Elvia maldecía y amaba aquel único día. Aquella aurora en la que se le había concedido unas horas de descanso y había decidido bajar las laderas directa al lago. Elvia se había desnudado gastada por el esfuerzo de demoradas noches y días eternos; haata que se produjo la metamorfosis bajo su piel. Un hormigueo primero. Una daga candente le atravesó el pecho. Consciente supo que alguien le había arrebatado algo muy preciado. A ella. Hija de reyes. A ella que no sentía dolor y quien no era capaz de sangrar si quiera por sus heridas… 

Si no se hubiera bañado aquel día en el lago, Daven no estaría allí, aporreando las puertas. Aquel día conoció algo más que la dureza del alma. Su vida, que había transcurrido en un exhaustivo cumplimiento de órdenes en un instante se quebró. Algo dentro se despertó a pesar del robo y la usurpación de una de sus plumas. Jamás había ansiado la caricia de un hombre. Sólo el beso le era permitido… El beso sangriento. El despojador de alientos. 

En el viaje de regreso a la fortificación gloriosa de la taberna del Fraujo. Aquel inhóspito lugar a Elvia le pareció lejano. Rodeado de extensas estepas. De hierbas frondosas de color esmeralda. Por primera vez vio los hombres diseminados y encaramados en los salientes de las montañas. Morir era un alto honor, pero importaba ante las puertas el cómo. Para llegar a aquel lugar el alma debía franquear inmensos riscos a modo de murallas que ni los gigantes de los montes o los trolls de escarcha podrían llegar a derribar. Para llegar a aquel lugar debías sangrar, morir en batalla. Apenas Elvia podía recordar cuánto tiempo llevaban las puertas del Fraujo cerradas. Ni siquiera podía recordar el día en que llegaron los últimos hombres... La diosa Freya en las puertas la esperaba. Le dio paso con su mano lánguida y reluciente. Elvia entró. No miró atrás. Daven la seguía. Por primera vez atravesó las puertas sin el velo de la divinidad y esto le permitió ver la realidad. Los hombres inquietos, los borrachos cuerpos que cantaban, con los dientes sucios y la hidromiel desparramándose sobre sus barbas. Las heridas abiertas de las batallas, los borbotones y charcos de la sangre y muerte. Todos se atiborraban del mártir jabalí. Atragantándose de él. Bajándolo a tragos. Hombres decrépitos que en antaño y en el soplo de vida fueron hombres salvajes, fuertes y dignos. Hombres a los que ella misma había entregado su beso… Hombres a los que ella encaramó sobre su corcel para que gozaran del Valhala. El gozo dejó de ser gozo... Y su jornada jamás volvió a ser la esperada. 

Daven intentó atravesar las puertas. Freya bloqueó su paso y dijo: "Cada paso marca y te acerca al camino. A este lugar divino no eres bienvenido. Sé espectador de este mundo tan maravilloso. Tú no vienes del origen del caos, de las tormentas, de la tenacidad de la vida. Tú llegas sin invitación, creyendo seguir las hazañas de los héroes sin serlo y siendo un ladrón. Aquí no encuentras tú celebración. "Te lo daría, Daven, aun si fuera de oro, te lo cedería, Daven, aun si fuera de plata"… pero no eres de estos muros merecedor.



Autor: Maríe Yuset
La taberna del Fraujo © 2018 Todos los derechos reservados nº1802065705222

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