Soplo de corazón


-Hola, Spaik. La he liado… Nerea y yo, bajabamos por la vereda de vuelta a casa cuando nos hemos encontramos con Luis y Tomás, los hijos del señor Mauricio. ¿Recuerdas al señor Mauricio, Spaik? Creo que te llevé un domingo a conocerlo… Es el señor de pelo color membrillo, al que le salen esos pelillos blancos y rizados de las orejas, y al que papá compra todos los domingos las frutas y verduras frescas en el mercado. Papá dice que el señor Mauricio es un hombre de buen fiado y que se lo apunta todo en la libreta de confianza… Aunque ahora ya no estoy tan segura que lo sea... En la vereda, Luis se subió al árbol corcovado y comenzó a gritar ¡sopluda!, ¡pezuñas de burra!, ¡pies al revés!, y antes de que pudiera decir nada para acallarlo, Tomás salió de la vieja acequia y le lanzó un buen puñado de barro a Nerea. Nerea empezó a llorar, Spaik, con esas burbujas mocosas que le salen de la nariz cuando la han lastimado de verdad. Sé que papá me dice que tengo que controlarme. ¡Yo lo intento!, ¡de veras que lo intento, Spaik!, pero entonces recuerdo que mi hermana tiene eso que preocupa a mamá y que a mí me asusta tanto: Nerea tiene un soplo en el corazón. Es por eso por lo que Luis y Tomás le dicen sopluda, pies al revés, pezuñas de burra por los ortopédicos zapatos. No entienden que el doctor lo único que intenta es arreglárselos. Sus pies está mejorando y ya no parece que los tenga tan torcidos, ¿no crees, Spaik?

«La niña tiene un soplo, no la mortifiquen tanto», repiten los profesores a Luis y Tomás en el patio. No me gustan que la miren con esos ojos raros... Cuando los profesores están despistados, los hijos del señor Mauricio siempre vuelven a las andadas. Se acercan para decirle al oído eso de sopluda, pezuñas de burra, pies al revés… Y a mí me sube el fuego por la barriga. No sé cómo a mi hermana todo esto le ha pasado. Rezo a Dios cada noche y le pido que me perdone, por si acaso sea yo la que se lo haya causado. Aunque no recuerdo haberle soplado a mi hermana por las orejas, tampoco por la nariz. Ni siquiera sé de qué manera podría soplarle dentro del corazón… Yo a mi hermana solo la beso en los cachetes y en la frente, siempre, siempre con mucho cuidado. Además, nunca soplo, contengo la respiración, igual que cuando te beso a ti, Spaik. Sé que no puedes hablarme pero tal vez puedas hacerme alguna señal, por si en algún momento yo te hago mal. ¿Puedes parpadear, Spaik? No, no puedes hacer gestos, ya me lo ha dicho papá. Pero cuando duermes conmigo, quizás puedas hablarme a través de los sueños; decirme si cuando juego contigo o te beso, te hago daño y soplo sin querer dentro de tu corazón.

Estoy preocupada. Preocupada por el soplo, por Nerea, por Luis y Tomás. Preocupada porque le fallé a papá… No le hice caso, no pude controlarme y he corrido con los puños en alto hacia Luis y Tomás con poco cuidado. El calor me subió otra vez por la barriga y no me dejó pensar. Le he hecho sangre en la nariz a Luis, Spaik. Y a Tomás… ¡Uff, papá esta vez sí que se va a enfadar! Cogí a Nerea de la mano y la traje de vuelta a casa llena de mocos y el pelo manchado. La limpié, no quiero que mamá y papá la vean así. Le he dicho a Nerea que tiene que ser mucho más valiente y me ha mirado con esos ojos chispeantes parecidos a los tuyos, Spaik; los mismos cachetes rojos y regordetes... Entonces me he asustado mucho; mucho más de lo que me asusta decirle a papá que le he dado una paliza a Luis y a Tomás. Mucho más que decirle que se acabaron las frutas y verduras frescas en el mercado y que el señor Mauricio no nos incluirá en su libreta de confianza... Y lo que más me ha asustado, Spaik, es que me he sentido también enferma; justo cuando los ojos de Nerea me han mirado… Apareció allí, en el centro. Un dolor. Una especie de gemido. ¿Cómo les digo, Spaik, que deben llamar al doctor porque alguien me ha soplado también a mí en el corazón?

Autor: Maríe Yuset
Soplo de corazón © 2017 Todos los derechos reservados nº1801055292445

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