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© Todos los derechos reservados - Blog literario

La forma

sábado, 17 de noviembre de 2018


Tumbado en la cama, cierras los ojos y presientes el hilo de luz de luna que atraviesa la ventana y enfoca tu cuerpo; nada puedes hacer para remediarlo. El chasquido delata el momento exacto en que la luz se apaga y emerge esa forma que crece oscura. Tú puedes distinguir su sombra de cualquier otra; no pertenece al armario, ni al espejo del tocador, tampoco a la silla a los pies de tu cama. Te limitas a esperar inmóvil mientras tu cerebro te recuerda que sí, que a pesar de que tus ojos siguen cerrados, estás despierto. De nada sirve reaccionar cuando la forma te asalta y cae sobre tu cuerpo con el peso de una losa de mármol y el tacto frío y húmedo del hielo. La forma te aplasta, la forma te hunde. Pides auxilio, ese instinto aún prevalece en ti, pero de nada sirve. Tus gritos mudos se agotan y el sudor te envuelve. Tus manos dejan de ser tus manos. Tus piernas dejan de ser tus piernas. Y la forma roba tu rostro. La forma toma tu cuerpo. El hilo de luz de luna regresa. Te rindes, sin eco alguno de lo que fue tu voz, incapaz de escuchar tus propios pensamientos. Te dejas llevar. Lo aceptas, y abres los ojos. Abajo, ves un montón de huesos y carne que ya no te pertenecen. Ahora eres la forma, te desvaneces en el hilo de luz de luna, atraviesas la ventana, y no vuelves.


Autor: Maríe Yuset
La forma © 2018 Todos los derechos reservados
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El chef Nikolái

martes, 31 de julio de 2018



—¡Orden, señores, orden! Prosiga.

—El señor, Iván Viktor Golubev, como cada jueves noche a las nueve, se mostraba impaciente en la pequeña rampa de espera, donde enfilaban varios clientes, y que culminaba en la zona de recepción. Desde allí, y haciendo alarde de su grosera presencia, el señor Golubev golpeaba la base de su bastón contra el noble suelo de parqué de mi restaurante. Mi metre Petrov, al verlo, se disculpaba rápidamente con los demás comensales y adelantaba la vez del señor Golubev: lo hacía con la cabeza gacha, a modo de reverencial saludo, mientras con un chasquido de sus dedos avisaba a Fiordo, uno de mis tantos meseros, para tomar relevo en su puesto. El señor Golubev se adentraba en la sala altivo; a paso lento hacía gala de su traje Versace azul marino de raya diplomática; la cabeza, grande como una calabaza, se veía desproporcionada sobre un escuálido y bajito cuerpo que, junto a la altura ucraniana de mi metre Petrov, le hacía parecer más bien un llavero. Petrov, entonces, lo encaminaba hacia una de mis mesas exclusivas para dos comensales. Claro que la mesa, el señor Golubev, en un acto de agresión, siempre la rechazaba dedicando un concierto de golpes de bastón acompañados de sonoros y rotundos noes. Veía cómo su barbilla, puntiaguda igual que un pepino, se adelantaba incluso a veces a su bastón y apuntaba hacia la otra dirección: mi única mesa de doce comensales a la vera de los dos únicos ventanales de mi restaurante. ¡Oh! Las vistas son magníficas. Desde allí se regalaba a la zona vip un panorama completo de las calles más concurridas y emblemáticas de la ciudad, unas vistas cuyo fofo y rechoncho culo disfrutaba mientras tomaba asiento hasta que llegara su hija Irina… Irina Ivanova Golubev. Oh, Irina. Exquisita. Cuando entraba en mi restaurante lo hacía balanceando sus caderas a sabiendas de mi feroz deseo por ella. La curva de sus glúteos llenos me exigía apretar. ¡La estrechez de su cintura me demandaba frenesí! Sus dos sandías rojas, ¡sus dos sandías rojas deliciosas en mi boca! Lame, lame, muerde, lame. Oh, Irina. Exquisita fragancia a moras sacude su pelo...

—¡¡Orden, señores, orden! ¡¡Se ruega la sala se contenga!!

—…Maná divino, mi consuelo, Irina.

—¡¡Orden, orden!!

—El señor Golubev y su hija siempre se sentaban sin solicitar siquiera de mi presencia. Jamás nos habían presentado. Ellos solo un día aparecieron. Solían sentarse y abrir mi carta con caras de decepción en un intercambiando de gestos. Murmurando por lo bajo, ¡anotando en sus agendas! Por supuesto que entonces yo retorcía con ímpetu mi paño de cocina cada vez que los veía. Por supuesto pinchaba mi cuchillo contra la puerta que me separaba de ellos dos. Claro que imaginé cómo me sentiría atravesando sus entrañas; cómo sería el sonido de sus chillidos… Disfruté. Hasta de mi risa descontrolada disfruté. Entiéndanme, yo observaba cómo cada jueves la escena se repetía a través del ojo de buey acristalado de la puerta de mi cocina; mientras ese desgraciado se encargaba, junto con su hija, de desollarme en el interior de las páginas de la revista Nasha. ¡El gran crítico culinario, el señor Golubev! El experto en la degustación… Hacía un año que los dos me la tenían sentenciada. «Su solomillo, una oda de desastres». Esas palabras se expandían como titulares a lo largo de sus dos columnas: «Desfasada, comida local con bajo estímulo para paladares», «Típico caldo entrante», «Mantequilla grasienta». Esa noche lo vi estirado, de frente a mis dos ventanales y las maravillosas vistas de mi ciudad, en mi mesa de doce comensales… Él miraba su reloj una y otra vez, ¡seguía esperando la llegada de su hija! Y sí, yo salí entonces con una risa triunfante y le regalé una verdadera «oda de desastres». En cuanto cortó y se llevó a la boca el primer trozo de carne, me miró con los ojos encendidos y el reflejo en ellos de mí mismo.

—¡Silencio! ¡Orden, señores, orden! ¡¡Orden!! Termine. ¿Qué sucedió después, señor Nikolái?

—Chef. Chef Nikolái.

—De acuerdo, chef Nikolái. Diga a la sala qué sucedió después y terminemos esto.


—El señor Golubev me sonrió por primera vez y dijo: «chef Nikolái, por fin un solomillo digno y en condiciones». Y añadió: «En cuanto llegue mi hija, seguro que también le será de buen agrado». Le contesté: «lo dudo, señor Golubev, con sinceridad, lo dudo». Y sonreí ante el plato.


Autor: Maríe Yuset
El chef Nikolái © 2018 Todos los derechos reservados
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Aliento

lunes, 30 de julio de 2018
Fotografía por Freddy Poma


«No quiero dormir».
Esas son las palabras que salen de mi boca cuando mis pies alcanzan el segundo peldaño. La escalera emerge como una extraña ruta entre las dunas: árida, estrecha, sombría y asfixiante. Igual que en el desierto, bajan las temperaturas, el sudor se enfría en tu espalda y las rodillas heladas… tiemblan. El silencio estomagante te aplasta. «No quiero dormir», repito, pero ¿qué otra cosa podría decir si esta casa carece de pavimento y se ha llenado de arenas movedizas? Miro a mi padre. Junto las palmas de mis manos y me las llevo al pecho como si yo fuera un beato. Ferviente, a modo de plegaria, le suplico como si él fuera un dios… Me mira y recuerdo que ya no consigo si quiera reconocerle la cara. Incluso es mi propia voz la que llega a mis oídos como un timbre quejumbroso que pide clemencia y que tampoco yo reconozco. Mi voz tirita. Mi voz se apaga. Y, aunque grite y el eco retumbe en estas paredes de arena, jamás lograré obtener respuestas. Y si insisto, y con ello cruzo los límites de la paciencia, sus ojos me devolverán la brillante hebilla de su cinturón y sus manos, la furia del regio consuelo. Mejor me callo. Mejor no digo. 
Como un ente errante, me encamino a la sombría escalera. Sigo mudo y contengo el aire mientras consigo llegar a los últimos peldaños. Me arrastro en la cumbre. Allí, gacho, aguardo su manifestación. Que salte de las sombras la criatura sin alas y que el fétido aliento despida por la boca. Si mi madre estuviera, no dudaría en dormir conmigo.
Con los ojos pegados a las sombras, gateo por el pasillo tan solo iluminado por la luz tenue y amarillenta bajo de la puerta de mi hermano. Él apenas sale de su cuarto.
En mi habitación sigo sin sentirme protegido, pero no me escondo. No puedo esconderme si duermo al lado del refugio del monstruo. ¿Para qué encender la luz? Solo enturbia y espesa mi mente. La luz agita mi cuerpo y es demoledora para mi pecho.
Lo oigo. Se levanta bajo las sombras de una esquina. Ahí llega. Despacio a la cama. No puedo mirarlo. Él me aterra demasiado. Mejor me callo. Mejor no digo. Mejor no hago nada… ¿para qué? Su cuerpo anda ligeramente encorvado y, a cada paso, respira con mayor dificultad. Su olor ha impregnado en el acto el cuarto y llega a mis fosas nasales como una ráfaga furiosa que precede a la tormenta para atragantarse en mi garganta. Él me provoca arcadas, me asfixia. Y la tormenta de arena llega. Me cubro la nariz, me cubro la boca. La primera arcada no se hizo esperar. Luché. Luché por contener mi vómito. En cuanto él sujeta uno de mis tobillos, me arqueo y ya no puedo contenerlo. Él empuja su cuerpo contra los hierros de la cama. Las sacudidas marean. Gimiendo y gimiendo el monstruo de fétido aliento. Una cloaca pútrida de palabras sucias llena su boca de excrementos. Hasta que también él vomita. Una viscosidad aberrante que se derrama sobre mis tobillos desnudos. Después jadea, me suelta, suspira y yo quedo sepultado bajo una lapidaria duna de arena.





Autor: Maríe Yuset
Aliento © 2018 Todos los derechos reservados
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Intrépidos

martes, 24 de abril de 2018

—¿Estás seguro que no se despertarán? —dijo Yod a su hermano que ya estaba posicionado mientras de reojo se fijaba en las dos bestias de abajo.

—¿Despertarse en sus horas de siesta? —contestó a su hermano menor —Por favor, ¿no los ves?, míralos, Yod, ¡pero si babean!… No te estarás rajando, ¿verdad?

—¿Rajando yo, me ves cara de rajao, Kuk? 

—Joder…, ¡ya sabía yo que no podía contar contigo! Tienen razón todos nuestros hermanos, eres un cagao, sigues siendo el peque de mamá.

Yod dio un paso atrás, no quería enfrentarse con Kuk. Sabía por experiencia que si lo hacía saldría muy mal parado, así que levantó los ojos compuestos al cielo y se tomó un tiempo para soltar varios quejidos de resignación. 

—Muy bien, allá vamos. A ver quién se acerca más a las narices de la bestia que ronca. 

Yod bajó la cabeza y se acercó la malla pegajosa al cuerpo. Le dio varias vueltas por la zona del tórax y la anudó con un nudo doble más de seguridad. De peque, él, no tenía nada, pensó cuando se adelantó decidido y llegó al borde del precipicio. El viento le movió el vello de la cara. Observó cómo soplaba en dirección este y oeste, oeste y este. Contó el tiempo de cada batida. Este, oeste, oeste y este. Saltaría, pero lo haría justo en una de las recogidas del viento. El entrenamiento extremo consistía en eso, rozar sus narices... ¡Pues lo haría sin piedad! Caería por la pared vertiginosa sin  ápice de arrepentimiento. Oeste y este, se agazapó. Este y oeste, le regaló una vista generosa de su enorme trasero a Kuk. Saltó.

Kuk lo vio y se lanzó detrás, entusiasmado por la valentía de su hermano pequeño. 

Los dos saltos eran idénticos. Los dos saltos extendidos con todos los miembros abiertos.
Yod giró y quedó boca abajo para que su vertical fuera más veloz y arriesgada. Kuk al verlo gritó y el tiempo se ralentizó, todos los objetos en derredor quedaron inmóviles… 

...
—¿Y qué harás si cuando llegues abajo una de esas bestias se despierta, Kuk? 

Yod le miraba con los ojos compuestos de marrón y negro, en el centro, aquel intrínseco brillo siempre desconfiado. 

—Joder, míralos, Yod, tienen la boca abierta… El gordo, ronca tanto que le vibran los orificios de la nariz.

—Aun así, Kuk, no te fíes del otro, aunque sea pequeño y escuálido te digo yo que es ágil. No lo subestimes. 

—Eres tú quién debe estar atento, no yo.

—¿Estás seguro que no se despertarán?

...

El tiempo retomó su lugar. Imposible frenar la caída a esa velocidad. Kuk gritó de nuevo. Su hermano pequeño no le oía. La bestia gorda había abierto los ojos. La escuálida fue rápida y alzó las dos manos. Kuk sólo oyó "chaf". Y en su retina quedó su pequeño y valiente hermano aplastado.

—Sergio, ¿has visto de la que te he salvado?

Ana se limpió la mano en las sábanas y apagó el ventilador.

—¿Era un mosquito?

—No. Era una araña … y juraría que de ojos negros y marrones.


Autor: Maríe Yuset
Título: Intrépidos
(Ironía) Intrépidos © 2018 Todos los derechos reservados n1804246665615