Estoy afuera


Sé que estás leyendo esta carta. La he dejado en el bolsillo de tu chaqueta esta mañana; antes de que te marcharas. Me hubiera gustado llamarte, pero no me está permitido hacerlo, así que como sé que vas a encontrarla, espero que te grabes cada una de mis palabras: estoy afuera y lo he entendido todo. 

He abierto los ojos en la profundidad del agujero. He pulido y sacado brillo a mi antigua armadura, ¿la recuerdas?, ¿aquella que tanto tú detestabas cuando me conociste? De la que me despojé para enamorarme de ti, la que guardé bajo llave, llave que perdí al fondo del agujero, agujero cálido que tú cubriste de arena y que, con el tiempo, gélido convertiste en trampa de fango. Mea culpa, lo confieso, yo consentí que lo cavaras para mí. Pero estoy afuera y lo he entendido todo, eres tú quien siempre tuvo miedo de mí. Me dejé vencer, y rendí a mi guerrero. 

Fue al abrir el portón de casa, aquella mañana. Las primeras columnas de luz lo atravesaron, y las bisagras se quejaron más de lo que pude entonces hacerlo yo. La luz afectó a mi dolorido cuerpo, no era grato salir de las sombras, estuve a punto de volver a cerrar el portón, meterme de nuevo en casa guarecida... ¡Deja de tambalearte!, me dije, mientras aseguraba mis tacones a los empedrados, si no te andabas con cuidado… Por supuesto, las cosas siempre empeoran si no te andas con cuidado, ¿verdad, Pablo? Pero conseguí llegar más allá de la plaza de San Antonio Abad. Aturdida por el dolor, me puse las gafas de sol. Cada paso hacia adelante se hacía insoportable y donde quiera que mirara, miles de estrellitas chispeantes atacaban; ¿cómo esas purpurinas que adornan los trajes de carnaval?, pues igual. Aferré el bolso a mi vientre. Solo deseaba llegar.

Por la escalera trasera de la catedral, giré a la izquierda por otra callejuela; la misma donde antaño se alzaba parte del Hospital de San Martín. No pude evitar que se me revolvieran las tripas, sabiendo que bajo mis pies se hallaban cientos de cuerpos enterrados; no por los cuerpos de los adultos; sí por los huesos de los niños. ¿Sabías que, en aquel hospital, se había habilitado una zona para niños abandonados? Madres que se separaban de sus bebés por la extrema pobreza de aquellos tiempos. Madres que vivían por allí y que irónicamente convivían en el barrio junto a los moradores de las casas señoriales. Esos bebés eran colgados de las puertas y ventanas del hospital; lo hacían para que las ratas no mordisquearan sus cuerpecillos. Debía de apestar a fango y heces todo aquel lugar. Igual que apestaría el narcisista rico de aquel entonces y que pasaría por allí sin tan siquiera mirar... Los narcisistas no han cambiado tanto. Son como las ratas. Están por todos lados. De esas criaturas no te puedes librar sin pelear.

—¡Diana! —No te asombres, Pablo, cuando llegues a esta parte de la carta. Era Teresa. Así que inspiré con fuerza y expulsé el aire lento. Tuve náuseas. 

Su pelo, perfecto, espeso y ondulado lo recogía detrás de las orejas. Las cejas pobladas se alzaban sobre sus ojos intensos con la profunda y sincera felicidad reflejada en ellos. Pantalones vaqueros desgastados de los caros y la camiseta de algodón negra de manga corta que se ajustaba a su torso perfecto y siliconado… Sois tal para cual. 

—Hola —le dije. Me arrastró del brazo hasta sentarme en una de las sillas vacías de la primera cafetería. 

—Hacía meses que no te veía — dijo —, ¿qué hay de tu vida? Aunque es cierto que sé un poco de ti gracias a Pablo. Me ha dicho que seguís en contacto después de tu despido. 

Tranquilo, Pablo, no te alarmes y sigue leyendo. 

—Hace tiempo que no sé de él —contesté. 

—Estamos genial. Eso sí, Pablo viajando mucho, dos días, tres días, a veces tengo suerte y regresa al día siguiente por la mañana. Acabamos de celebrar nuestro octavo aniversario. 

¡Vaya! Felicidades ante todo, y no te irrites, que tampoco contesté. 

—Además…—siguió Teresa —, vamos a ser papás. 

El silencio fue estruendoso como un grito. ¿Puedes oírlo tú también? 

Escuché relatar toda vuestra velada mientras solo podía pensar en aferrar el bolso contra mi vientre y que las jodidas estrellitas desaparecieran de una puta vez. 

—Discúlpame —dije, me levanté y me fui. 

Entonces pensé por primera vez en escribir esta carta, y qué incluir en los primeros párrafos. Lo único que tenía claro, Pablo, era: estoy afuera y lo he entendido todo. 

Ahora sé que estarás de pie, granítico e irritado, con tu puño cerrado mostrando unos nudillos tensos y desafiantes, justo ahí, donde llevas la alianza. En la otra mano, la carta alzada que sé que estás deseoso de poder arrugar. No te preocupes, lo entiendo, sé por qué lo has hecho; cuando me conociste, descubriste a un guerrero muchísimo mejor que tú; más audaz, leal y bello, repleto de savia libre, con una armadura tan brillante que hacía eclipsar a tu negra coraza narcisista. ¿Una mujer por encima de ti?, no, ¿verdad, Pablo?

Mea culpa. 

Quiero que sepas que tu coraza, alejando de mí la hipocresía, siempre vi. Tal y como era; renegrida, morada ferviente de las mentiras. No sé cómo, pero con alguna droga o trance me anestesiaste, me cegaste y me rendí. Y aunque una vocecilla me susurrara un: aléjate, hazlo, vuélvete despacio; me dejé llevar por tu abrigo protector y el albergue de un futuro juntos. Hasta que, esa mañana, no sólo abrí el portón, no sólo me dejé rodear de luz, sino que tuve la bienaventurada conversación con Teresa. Entonces entendí. La migraña desapareció. Eras tú, siempre tú y sólo tú. 

De la droga solo queda por ti el asco total y el desprecio. He excavado el fango que lanzaste sobre mi cabeza durante todos estos últimos años de esperas y promesas. Las uñas me han sangrado los días que tú no estabas. Y a pesar que el agujero volvía a derrumbarse he seguido fiel en mi empeño y hasta de fango me he alimentado. Me harté de esperarte, de mi desidia, de mi pérdida de valentía. Me harté de ser vencido quebrado y guerrero enterrado. 

Fue ese mismo día, ¿lo recuerdas?, ¿cuándo estaba desesperada por llamarte? Llegaste después y abriste el portón con todos tus aires de grandeza y hablamos. Ni siquiera te acercaste. ¿Dónde te quedaste, Pablo?, ¿en la puerta de mi alcoba?, ¿donde siempre has querido estar? La misma mañana que había visto a Teresa. La misma mañana que aferraba el predictor positivo dentro de mi bolso; con aquel horrible dolor de cabeza, deseosa de llegar a la farmacia para que me lo confirmaran. Pero ya no hacía falta. Sentada en los pies de la cama, horas antes tú estabas con los nudillos enrojecidos, reprochante. Echaste mano a la cartera, te quitaste la chaqueta y la lanzaste furioso al tocador. Aludo y cito sin dolor al recuerdo que aconteció a tus palabras, ¿las tienes presentes? Ellas siguen re-zumbando como moscas en mis oídos y se revuelven como culebras bajo mi vientre: loca inútil, dijiste, si crees que por ti voy a dejar todo lo que con Teresa he conseguido es que eres imbécil. Abriste la cartera y lanzaste a la cama tu buen acopio de billetes. Con esto lo puedes zanjar, dijiste, qué necia eres si creíste que de alguna forma me podrías atar.

¿Atar, Pablo? Se me revolvieron las tripas. Te fuiste; para volver la noche siguiente como si tal cosa. Para encender el dolor y por encima de todo llegaste con la amenaza de acallarme. Pero en cuanto cerraste la puerta, surgió un grito roto en mí. Tuve que doblarme en dos; no recuerdo las horas exactas que estuve en aquella posición, pero sí recuerdo esa especie de rugido seco que siguió y que hizo que perdiera el control. Me abracé a mi vientre. Arropada en él dupliqué mis fuerzas, mis ganas de enfrentarme; rodearme de luz. Noqueé la contienda de mi corazón; ungí los morados que dejaron tus palabras culebrinas en mi vientre. Retiré los restos de fango en mi rostro y... la sentí. ¡Ella estaba allí! ¡La llave! La que perdí para entregarme a ti. 

Trepé los pocos centímetros de agujero que me quedaban con más ímpetu. Hice presión contra las paredes estrechas, la cabeza, el torso, los brazos; pensando que lo hacía con el mismo coraje que impulsaría a mi hijo a abrirse paso por el útero de su madre. Esta imbécil necia estaba afuera; me puse de nuevo mi armadura. Miré la cama y tomé el favor de los billetes, saqué hoja en blanco y te dejé este legado de adiós; la metí en tu chaqueta y esperé tu regreso la noche siguiente.

Verte con tu alianza firme y anclada a tu dedo fue un alivio. Por supuesto, Pablo, no debes dejar atrás lo que tanto has conseguido. No puedes volver a quebrarme. No puedes volver a despojarme de mi armadura.   

Autor: Maríe Yuset
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