El billete


—No pude haberme despistado. Tenía un billete de veinte, y dos de diez. Le di a la cajera uno de diez.
—Esto ocurre porque siempre vas con prisas, mamá. Vamos a ver, ¿tienes el ticket?
—Dudo mucho que tu madre tenga el ticket, Carolina. Es muy común en ella perderlo.
—Paco, yo siempre guardo los tickets.
—Mamá, a ver, ¿cuánto fue el total de la compra? Tenías que haber confirmado en el momento la devolución del cambio…
—Tu madre jamás confirma la devolución del cambio, Carolina.
—Sí que lo hago, Paco. Ocho con cincuenta exactos. Y la cajera me devolvió un euro con cincuenta. Así que debería tener en mi cartera un billete de veinte, uno de diez y el euro con cincuenta.
—A ver, ¡mujer de dios! Enséñanos el ticket, seguro que era mucho más, y pagaste con el de veinte.
—Papá, si dice que fueron ocho con cincuenta, es que fueron ocho con cincuenta, y ya está.
—Si la cuestión no es el ticket, Paco, ni la devolución. La cuestión es que me falta el billete de veinte.
—Mira en la cartera, mamá, capaz que lo tienes ahí. Déjame ver… No, no está.
—Tu madre, suele enrollar los billetes en los tickets, y terminan siempre en la basura. Tiene esa fea manía…
—¡Por todos los santos, Paco, yo jamás he tenido esa manía!
—Por favor, papá... No es el momento. ¿No ves que la pones más nerviosa?
—Hija mía, confía en mí. El billete debe haber acabado en la basura.
—No es así, Paco. ¡Ya te lo he dicho! ¡Y no engañes a la niña!
—Bueno, mamá, tampoco vayamos a hacer un drama de un billete de veinte. Si se ha perdido, pues ya está. Papá, por favor…
—No lo he perdido. Lo que pasa es que los mentirosos tienen las patas demasiado cortas…
—Mujer de dios… Así no es el dicho. Querrás decir "la mentira tiene patitas muy cortas".
—¡Venga ya, Paco! Como si no me hubieras entendido bien.
—Qué más da cómo se diga… ¿Podéis dejar de pelear?
—¿Cómo vamos a dejar de pelear, si a tu madre le encanta una pelea? ¿No la oyes? Créeme, mi hija, tu madre ha tirado el de veinte a la basura. Te lo digo yo.
—Si vuelves a repetir que lo he tirado a la basura, ¡juro por dios que me pongo a gritar!
—No, no, mamá, por favor. Tú tranquila, no te pongas a gritar.
—Si tu madre quiere gritar, lo hará.
—Creo recordar, Paco, que me pediste unas monedas para el tabaco, justo antes de desayunar, ¿no cogerías el billete de veinte?
—¡Mía culpa, señora! Ahora el billete ¡lo he cogido yo!
—Mamá, ¡por favor! No digas que papá…
—No vayas de víctima, Paco. ¿Acaso no estabas sentado, mientras desayunábamos, justo al lado de la cartera? ¿Lo recuerdas, Carolina? Tu padre estaba justo…
—¿Y por qué te quité el billete de veinte en ese momento, y no antes, cuando cogí para el tabaco?
—No lo sé, Paco… Dímelo tú. ¡Qué más da, si antes o después! La cuestión es que está mal, y deberías devolverlo.
—Y ¿cómo quieres que te lo devuelva? ¿Con un abracadabra?
—¡Papá!
—¡Ajá! Entonces, ¿estás confesando que lo tienes?
—¡Basta, se acabó! Os conozco demasiado bien. ¡Lo cogí yo! ¡Y lo sabéis!
Su padre se encendió un cigarrillo. Mamá cerró la cartera, con aquella sonrisilla que tanto detestaba. Y aquel aire triunfal los rodeó a los dos, como tantas veces tenía que soportar cuando la pillaban.


Autor: Maríe Yuset

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