Kiya y la caja

Sobre la cabeza de Niría, se extendía un cielo zafiro intenso. Despejado, libre de manchas, silencioso… En lo alto, el ojo gigante que todo lo ve, lo culminaba con un calor impropio para el mes de febrero. Lo normal, es que fuera un poco más pequeño, y que el viento azotara los palmerales del Nilo; irrumpiendo en los caminos, rociando las casas y cultivos de una bruma arenosa. Esa que cegaba, y que sólo el turbante o el velo podían mitigar.

Niría, agachada en el cuadrante de las cebollas de su huerto, alzó la cabeza, y miró entre los barrotes de la verja. Desde allí podía ver el río, y parecía un descomunal espejo. Sintió un escalofrío. Recordó el sueño de la noche anterior. En su sueño, ella se miraba en un espejo de bronce. Se hablaba a sí misma, cada vez más rápido, cada vez más fuerte, y la imagen se distorsionaba hasta aparecer aquella mujer con los ojos pintados de verde malaquita. Aquella que ni siquiera movía los labios…

Alcanzó su cantimplora y bebió agua. Era un alivio para el nudo formado en su garganta. Se levantó, se estiró y se quitó la gorra totalmente empapada. La brisa suave le llegó en un trío de vaivenes desacompasados. Le lamió la cara, los brazos y el pelo como una lengua de lava espantosa, lenta. Se ajustó el pelo y se caló la gorra de nuevo. Tomaría un descanso para vigilar a Atón, su burro. Tulua y ella lo habían amarrado bajo el tamarisco que guarecía el único pozo de ese lado del pueblo.

No estaba. El burro no estaba. El muy loco se alejaba tras uno de esos remolinos arenosos errantes, hacia el desierto. Coceando de cuando en cuando, dando brincos, arrastrando su propia cuerda —. ¡Atón! —Gritó Niría.— ¡¿A dónde crees que vas?!

Hacía unos meses que lo habían adoptado, aunque en las últimas dos semanas las dos habían comenzado a arrepentirse. Hasta ahora había demostrado muy poca habilidad para trabajar, pero sí una asombrosa destreza para soltarse de cualquier amarre —. ¡Atón, regresa! —el animal ni siquiera hizo ademán de frenar—. ¡Atón! —repitió con más fuerza y de un salto, se encaramó al muro que lindaba con el huerto de Tulua.

La vio, de espaldas a ella. Derramando agua sobre la higuera que sus padres tanto le insistían que no regase. Nunca entendería el afán de su amiga para llevarles la contraria. Bueno, sí que lo sabía. La conocía bien… Uno, por mortificar. Dos, porque Tulua odiaba trabajar. Y tres, porque era, si cabía, más terca que el burro.

—Tulua, ¡mira lo que está haciendo Atón! —la vio erguirse en cuanto la llamó.
—No me digas que se ha soltado y vuelve a rascarse el lomo contra el pozo. Por su culpa nos llevamos una buena reprimenda cuando tiró al fondo muchas de las piedras.
—Peor… Se escapa.
—¿Se escapa? ¿Al río?
—No, hacia el desierto.
—No creo que pueda volver, —respondió, Tulua, con su sonrisa afilada.

Niría asintió, y saltó del muro. Levantó una polvareda castaña que la hundió hasta las rodillas.

—¡Te lo advertí! Te advertí, Tulua, que no nos quedáramos con él. ¿Acaso no recuerdas, la noche en que nació? —Tulua puso los ojos en blanco, y soltó un «”ya empezamos”» —. Esa noche el viento golpeaba las puertas y las ventanas, como jamás lo hizo una tormenta en Amanra. Mi madre me dijo, que eran los gritos de Akenathón, que desde su inmortalidad, se dirigía contra nosotros, furioso.
—Espera, sé lo que vas a decir: “furioso, porque tomamos los ladrillos de sus palacios y templos, para fabricar nuestras casas y huertos”.
—Exacto.
—Y… ¿qué tiene que ver todo eso, con nuestro Atón?
—¿No es obvio? ¡Ese burro está maldito! Nació bajo la furia de Akenathón. Y encima, le pones el nombre de un antiguo Dios.

Tulua soltó una carcajada, con aquella risa chillona.

El lomo gris del burro, a lo lejos, comenzaba a ser, una figura borrosa. Cuando se internase en el desierto, tendría las horas contadas. Niría apresuró el paso. Vio que el terco, se dirigía hacia los restos del palacio de la “Gran Ciudad del Sol”. Atón se detuvo por un momento desorientado. Después, comenzó a revolver la arena con el hocico. Entonces, escuchó una voz que la sobresaltó. «¡Avanza!», le susurró. Un eco sutil nacido de la nada. «¡Avanza!», le repitió.

Podía ser el calor… Debía volver a casa, con Atón, lo antes posible. Aceleró el paso y llegó hasta él.

—Burro loco, ¿por qué te has alejado tanto? ¿Acaso no escuchabas? Anda, volvamos…, ¿qué tienes ahí?

Seguramente sería parte de una estela, pensó al momento; o un fragmento de algún fresco, había cientos a lo largo de kilómetros. Bajo toneladas de arena, seguían estando los restos de lo que fue una ciudad construida para los dioses. A lo largo de cientos de años, los descendientes de los antiguos egipcios, habían podido vender muchos de esos tesoros en el mercado de las antigüedades, o incluso decorar sus casas. Su madre misma, guardaba parte de un fresco esmaltado, que se representaba a las tres hijas de Akenathón, con sus cráneos alargados, de ojos rasgados y sin cabello.

Niría se arrodilló. Con una mano, limpió la arena sobre la piedra. Grande. Circular. De un cenizo pálido, unos cincuenta centímetros de radio. Limpió un poco más, esta vez haciendo cuchara con las dos manos. Fascinada con cada símbolo que aparecía, cada hendidura, cada relieve. Y la extraña voz volvió. Lejana…

«Avanza, Niría, ¡avanza!». Decía con ansias. Sintió que debía liberarla. Pero, ¿liberarla de qué? ¿Y cómo iba a levantar aquella piedra? Tiró con fuerza. No la movió ni un milímetro.

«Hacia arriba, Niría, arriba y a un lado», dijo la voz. Lo hizo. Y al momento, se hundió; arrastrando la piedra con ella hacia abajo.

Se deslizó durante un par de segundos en picada. Primero, el choque tosco de la piedra contra el pavimento, seguido, el golpe de su cuerpo. No gritó. El dolor, la dejó aturdida un instante. Tenía los músculos de las piernas agarrotados. Se palpó. Las movió. Nada estaba roto. Sobre su gorra, caía la arena desde el techo, justo por el hueco que había dejado la piedra. Resbalaba en forma de cascada, como si se filtrase a través de un embudo, envuelta en una luz dorada. Más allá, la oscuridad se cernía, donde quiera que mirara.

Los latidos de su corazón se intensificaron. El miedo la golpeó como un mazo gigante, directo contra su pecho, dejándola sin respiración. Tenía que tranquilizarse. Respirar hondo. El lugar era asfixiante. La humedad y el olor a rancio comenzaban a provocarle arcadas. Tosió con fuerza. ¿Dónde estaba? Se levantó y se limpió las lágrimas. Haciendo visera con las manos, miró hacia arriba. Atón seguía allí, coceando y bufando. Podía verlo moviendo la cabeza y las orejas puntiagudas, nervioso.

Se dirigió hacia la oscuridad, asustada. Adelantó las manos para palpar las sombras. No quería volverse a hacer daño. Dio dos pasos, y se topó con lo que parecía una pared. Plana. La acarició. Sus dedos se deslizaron sobre jeroglíficos en bajorrelieve. Entonces, un relámpago atravesó sus ojos, y el mundo entero cayó bajo sus pies. Dejó de existir la firmeza del pavimento, el estómago se le comprimió, mientras los fogonazos se sucedían alrededor.

***

En sus aposentos privados, su criada, Tiaya, le enlazaba la manga del vestido, a uno de sus hombros. Con su rostro dulce y exigente. De pie, junto a ella, frente al aparador de patas de cabeza de pato y el espejo de cobre.

Mientras la observaba, pensaba en cómo le encantaba el lino recién lavado con el que la había ataviado. Suave, fresco y que oliera a jazmín. Tiaya le había perfumado el escote con un aceite afrodisíaco de dátiles. A igual que ella, su criada adoraba los detalles. La vio alejarse, para abrir el cofre de las joyas. Tal y como deseaba, le sacó su broche preferido; un escarabajo alado en lapislázuli y oro. Volvió, —llevándolo como tesoro preciado sobre las palmas de las manos. Se lo colocó, justo encima del nudo de la manga.

Se miró al espejo, y no le mostró su imagen. La niña regresó, como tantas veces lo había hecho antes. Nacida de la magia del espejo. Algo borrosa, pero tan enérgica y bonita como siempre. Le sonrió al ver como seguía gritándole desde el otro lado. Cada vez que aparecía, ella intentaba entenderla, pero no podía. Como siempre, la imagen se evaporó con la misma rapidez, y se vio a sí misma. Menuda, con el reflejo de su piel dorada, que destacaba en palacio, como el de ninguna otra amante del faraón. Alzó la barbilla, satisfecha. Se sentía hermosa, y estaba deseando que Akenathón volviera de su viaje. Sabía que aquel vestido traslúcido de un solo hombro le encantaría. El tejido se pegaba sutil a su piel, y mostraba la oscuridad de sus pechos, su ombligo… Únicamente su shenti adornaba su cadera. Tapaba su zona más íntima, y a los ojos del que mirara, revelaba a cambio una auténtica obra de arte de hilos bordados rojos y dorados. Las aberturas en su falda dejaban al descubierto sus piernas. No eran largas, pero sí llenas. A Akenathón le gustaba. La peluca de corte escalonado y trenzada. En las orejas, dos grandes pendientes de forma circular que le enmarcaban la cara. El rabillo delineado de sus ojos maquillados de kholl, sus párpados verdes malaquita.

—Llega hoy, Tiaya. Y estoy deseando verle.
—Mi reina…
—Te he dicho, que cuándo estemos a solas, puedes llamarme Kiya.
—Tengo miedo por ti, Kiya.
—¿Qué sucede?
—Nefertiti… Oí decir a uno de sus guardias que lo quiere resolver hoy, antes de su llegada.
—No te entiendo.
—Kiya, desde que llegaste a este palacio he estado a tu servicio y te he amado.
—Lo sé. Jamás lo he dudado. He visto cuánto amas a mi hijo.
—Quiere dañarte… Nefertiti te envidia. Envidia que el primogénito varón saliera de tus entrañas. Te lo suplico, Kiya. Viaja a casa de tus padres. Sólo por unos días. Hasta que Akenathón vaya en tu búsqueda. Juro por los dioses que hablaré con él y le confesaré mis temores. Así me cueste la ejecución o el destierro, Kiya. Vete de la Casa de Jeneret…
—No voy a huir, y dejar atrás a mi hijo. Ahora está a cargo de los sacerdotes.

La puerta se abrió. Dos guardias irrumpieron en la cámara, inmensos. Dos muros de rasgos violentos. Uno, agarró a Kiya por las muñecas. El otro, sacó un puñal y atravesó el estómago de Tiaya.

***

Niría gritó horrorizada, recobrando la sensación de gravedad bajo sus pies. La imagen de aquella pobre mujer, Tiaya, le atravesaba el alma. Su cuerpo, apuñalado, la sangre saliendo a borbotones del estómago. No había nada que pudiera hacer para aliviar el dolor de su muerte. La imagen de Tiaya, evaporándose de su retina. Una parte se sentía aliviada. Pero otra…, Kiya. Tenía que averiguar qué había pasado con Kiya. Entonces, de una manera más consciente que la de su propia realidad, supo que iba a cambiarle la vida para siempre.

La voz de Kiya volvió. Ahora, sabía que era ella.

«Sube los dedos por las escrituras, Niría. Arriba. ¡Serket!»

—Silbos, boca, vara… ¡Serket! —repitió Niría a medida que tocaba, deletreando los símbolos que completaban el nombre del dios con los dedos. Sus manos se movían autónomas.
«¡Sokar!», gritó la voz dentro de su cabeza.

—Silbos, cesta, nudos… ¡Sokar! —volvió a repetir Niría sin creerse aún que sus manos, reconocieran los símbolos de la escritura antigua. El ojo de Ra se iluminó, y del pliegue de sus hendiduras una luz brotó como torrente líquido de oro.

«Ahora abajo, Niría, llega al final, ¡Nebet het!»

—La luna, la llave y la serpiente. ¡Nebet het! —.Y todos los símbolos se iluminaron. Recorriendo como cauce de río los nombres de todos los dioses. Resplandecían. Revelando en la oscuridad… la caja.

No era una pared. ¡Era una caja! De unos dos metros cúbicos. Y parecía estar viva. Vibraba, latía, circulando el oro por sus arterias. Niría no podía apartarse de ella. Quería volver con Kiya. La descarga se sucedió al instante, el mundo cayó bajo sus pies y se vio a sí misma arrastrada.

***

—Soltadme. ¡Vuestra reina os ordena que la soltéis!! —gritó Kiya, luchando contra aquellos dos hombres, que la arrastraban por las galerías. No había nadie. ¿Nadie que pudiera ayudarla? ¿Cuándo la “Casa de Jeneret”, siempre estaba repleta de niños, criados, y concubinas? —.¡Seréis castigados! ¡Soltadme!

La llevaron sin contemplaciones hasta la habitación principal de Nefertiti. En cuanto entraron, la soltaron y cerraron las puertas tras de sí.

Allí estaba Nefertiti. Increíblemente bella. Rodeada de aquella aura de fortaleza. Se había envuelto en sus mejores joyas. Como el collar del sol, que adornaba con su grandeza la elegancia de su cuello. La barbilla afilada, el ovalo perfecto… Una beldad fuera de este mundo.

—Vaya, vaya, vaya… ¡Qué honor en mis aposentos! ¡Kiya! ¡La favorita y esposa muy amada del rey! —Alzó los brazos Nefertiti, arrastrando cada una de las palabras.

El título que el faraón con tanto cariño le había otorgado a Kiya, nacía de su boca como una clara condena de ejecución. Le erizó la piel. Sabiendo lo que le esperaba, rogó a los dioses que protegieran su alma. Había intuido cuánto podía envidiarla Nefertiti. Pero jamás creyó que podría ser tal inmensa su rabia. La había odiado desde el primer día en que Akenathón la trajo a palacio para convertirla en su segunda mujer. Un indicio en la quietud de su rostro aquel día, un brillo en sus ojos. El rasgo de una fiera escondida.

—¡Estás loca! ¡Has matado a Tiaya…! —le gritó —. Algún día Akenathón te desterrará de este palacio.
—Oh, no, querida… Nací para gobernar, en este mundo y en la inmortalidad. A igual que cada una de mis hijas. Akenathón es mío. ¿Crees que iba a seguir permitiendo a esta… esposa nueva y su pequeño aspirante a faraón, en mi palacio? ¿Puedes imaginar lo que me ha costado llegar hasta aquí? Seis hijas le he dado. ¡Seis! Y llegas tú… y él no tiene ojos más que para ti. ¡Estúpida! Tenías que ser una concubina más. Pero no, ¡tú querías mi puesto, mi puesto en el reino, y mi puesto en la divinidad! Sólo yo y mis hijas reinarán. Y el mundo entero hablará de mí, y de mi descendencia, por toda la eternidad. ¡Mi imagen será adorada!

Kiya sacudió la cabeza, confundida. ¿Cómo podía creer Nefertiti, que ella reclamaría su puesto como gran reina? ¿Cuándo le había hecho creer que tomaría, lo que por ley divina, sólo a Nefertiti le correspondía?

—Como Akenathón está a punto de llegar y quiero darme un baño para recibirlo con mis mejores galas… —, le susurró despacio, tan cerca que Kiya podía oler, el aceite de melocotón de su rostro —. Terminaremos con esto ahora.

Señaló bajo sus pies la estera a uno de sus guardias. Abarcaba una cuarta parte de toda la estancia. La alzaron y comenzaron a enrollarla. Debajo, una losa circular grabada. Y los símbolos que destacaban decían: «La maldita por toda la eternidad». El guardia la alzó en peso con sólo una mano. Debajo, un agujero de oscuridad absoluta. Ella se resistió, luchó. Un guardia la abofeteó. La bajaron por unas angostas escaleras de madera hasta allí.

Encendieron una antorcha. Kiya gritó con espanto.

La caja de los malditos. Un artefacto sólo construido para asesinos y traidores; para todos los merecedores de la peor muerte que se podía imaginar. A modo de templete, el arcón en piedra tomaba una altura por encima de ella de varias cabezas. Un cuadrado exacto. Una tumba del horror.

Nefertiti apareció portando su propia antorcha, y comenzó a reír. Con su risa chillona.

—Oh, sí, querida mía. Será fantástico saber que te pudres bajo mis pies. Puedes gritar, nadie te oirá aquí debajo. Bueno…, tal vez yo en las noches silenciosas.
—No lo hagas, Nefertiti. Te lo suplico…
—Y, ¿sabes lo que haré después de que tu nombre deje de recorrer los palacios? Acabaré con tu hijo Tutankamón. Él jamás llegará a ser faraón de Egipto.

Kiya gritó y lloró. Suplicando por su vida, por la de su hijo. Los guardias abrieron la caja. Serkert, Sokar, Nebet het, memorizó el código de apertura. La losa principal se cerró. Y ella quedó dentro. Gritó con todas sus fuerzas, mientras Nefertiti reía en el exterior.

—Escúchame. Juro por todos los dioses que tu nombre Nefertiti será borrado de la historia.
—¿El mío? El tuyo, ya se desvanece.
—El futuro sabrá, que jamás fuiste una gran reina merecedora de la inmortalidad, sino un demonio en esta tierra, que causó dolor y desgracias, a todo el que la rodeaba.
—Y dime, querida. ¿Cómo lo harás desde ahí dentro?
—Aunque me cueste mil años, suplicaré a los dioses que me permitan volver a este mundo, Nefertiti.

Nefertiti no respondió. La oyó marchar tras cerrarse la losa circular. Desesperada, palpó las paredes de la caja, el olor a rancio le provocaba nauseas. Se abrazó a sí misma y al hacerlo tocó su broche de escarabajo.

***

La conexión con el eco del pasado fue brutal para Niría, o Kiya… Daba igual como se llamase ahora. Su cometido estaba cumplido. Los dioses lo habían cumplido. Se habían encontrado. Estaba allí, consigo misma. Con los restos de la carcasa corpórea que había habitado miles de años atrás. Y con la juventud, de la carcasa de la niña que en el presente habitaba.

—Niría. ¿Estás bien?

¡Tulua! Su amiga asomaba la cabeza. Con cuidado de no caerse por el hueco junto a Atón.

—Sí. Estoy aquí —, susurró.

Tulua ladeó la cabeza, y entornó los ojos. Niría la vio, apretando los labios. Con aquel brillo en sus ojos. Su sonrisa afilada…

—Vaya, vaya, vaya… ¡Qué honor en mis aposentos! —dijo Tulua con una risa chillona —, parece que encontraste la caja.

Autor: Maríe Yuset
Kiya y la caja © 2017 Todos los derechos reservados nº 1707202995873

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