Detrás del matorral


—Vamos cariño. Sólo tienes que concentrarte en respirar. ¿Estás viendo cómo lo hago? Inspira por la nariz... suéeeltalo por la boca.
«Por favor, no puedo más. Voy a llorar. Mira para la carretera, pedazo de bruto, que entre la oscuridad y tus despistes no llegamos al hospital. ¡Por Dios, no sueltes el volante que nos matamos, Julián! ¡Quién me mandaría a mí meterme en todo este lío!» 

—Vamos, cariño, abre la ventanilla, hazme caso. Eso te ayudará.
«Mira que me lo decía mi madre cada sábado, antes de que vinieras a buscarme: "Sarina, no te metas detrás del matorral con Julián, no te metas detrás del matorral". Y venga, mamá, ¡déjame que soy mayorcita! Ay, si te hubiera hecho caso, madre, ¡qué distintas serían las cosas! Y Julián besito por aquí, y Julián besito por allí... ¿Vamos? ¿A dónde? ¡Detrás del matorral! ¡Ja! Si no estuviera empotrada con mi gran barriga entre el salpicadero y el respaldar, me estaría tronchando de la risa. Dios mío, ten piedad. Si es que esto me pasa por dejar que me metas mano, Julián. ¡Ay! ¡Ay! ¡Que viene una más! Juro por lo más sagrado que no me vuelves a tocar». 

—Aguanta, aguanta, cariño, que ya se va. Suelta el aire... ¿Paro y te echo el respaldo del sillón para atrás?
«¿Qué es lo que ha dicho? ¿Que, quiere parar? ¡Lo que quiero es que lleguemos al hospital, Julián!» 

—No te preocupes. Deja mi respaldar como está y acelera un poquito.
—Ok. Tú tranquila, cariño, que lo tengo todo controlado. Sólo concéntrate en respirar.

«¿Y qué crees que hago, Julián? ¿Acaso tengo cara de haber dejado de respirar? Un momento, ¿controlado? ¿Acaba de decirme que lo tiene todo controlado? Esas mismas palabras me las decías detrás del matorral... Y ahora estamos aquí, por culpa de tus besitos por aquí y por allí. ¡Ay, ay! Santísima Trinidad, Virgen del Pino, dame tolerancia. Sagradito corazón de Jesús, intercede por mí, y haz que los ángeles me otorguen el don de la calma. San Judas Tadeo, patrón de lo imposible y las causas desesperadas, conviérteme en mujer buena y misericordiosa, tan llena de bondad que cuando lo vuelva a mirar, no desee, arañarlo, morderle el brazo, darle un puntapié allí donde más duele. Ay, pero qué ganas tengo de verte a ti en mi lugar, chillando, colorado y espatarrado como el día en que te pillaste el dedo gordo con la esquina del sofá. Pero, ¿qué estoy pensando? ¿Que tú podrías aguantar? Si cuando caes de gastroenteritis gritas: ¡me muero!, ¡me muero!, y sólo queda llamar al 112 para que te vengan a buscar. ¡Ja! Por eso soy yo quién trae al mundo a nuestro hijo, machote».

—¿Segura que no quieres que te eche el respaldo para atrás? Dame un momento y verás qué bien vas a estar, Sarina. Mira, si no hace falta ni parar, deja que mi mano se alargue por encima de ti un poquito...
«Santísima Virgen de los Dolores: ¿puedes bajar y explicar a este necio que no toque mi respaldar?»

—No, no cariño, de verdad, no hace falta... Por favor, agarra el volante con las dos manos, Julián.
—Sólo estirarme un poquito sobre tu barriga y agarro la palanca en un "pispás", ya verás.
—No, gracias. Voy bien, de verdad, Julián.
—Déjame estirarme un poquito más, mujer. ¡Casi lo tengo! Tú inspira, y suéeetalo por la boca.
«¡Apártate de mí, Satanás! Tú no buscas mi comodidad. ¡Tú lo que quieres es que yo no llegue al hospital! ¡Ay! ¡Ay! ¡Que me viene una más! Inspira Sarina, espira. ¡Que alguien me quite su manaza de encima de la barriga! Voy a llorar. Qué digo llorar... Voy a sacar la cabeza por la ventanilla para gritar: ¡socorooo! ¡Policíaaa!, un loco va a hacerme parir de agonía. ¡Vale! ¡Compórtate, Sarina! Y respira, que él ya se va. Espira. Se va».

—Conseguido cariño. ¡¡Tachánnn!! Respaldo para atrás totalmente en horizontal.
«Pues genial. Ahora tengo una visión completa de mi grandiosa y tensa barriga a punto de explotar. ¡Ay! ¡Ay! Pero, ¿cómo van tan seguidas? No puede ser. ¿Acaso viene ya?»

—¡Para el coche, Julián!
—¿Qué?
—¡Que no llegamos, que el niño viene ya!
—Venga, cariño. Estamos entrando en el aparcamiento. ¿Ves las luces y la puerta?
«Genial. Si es que ya puedo verlo mañana a primera hora en todos los titulares. Fuente tipográfica: "Arial Black". Tamaño: 36, negrita (la más gordita), y con doble subrayado, (por si acaso): "Mujer estrangula a su marido mientras da a luz en el aparcamiento del hospital". ¡Ja!».
«Ay, Sarina, si le hubieras hecho caso a tu santa madre. ¡Cuánta razón! Pero, ¡cuánta razón! Si es que las madres hablan por boca de Dios».

—¡Ahí viene, Julián! ¡Ahí viene!
— Pues…, ¿empuja?
«¡Arriba Sarina, pies al salpicadero! Dobla las rodillas. Fuera ropa interior. ¡Empuja valiente, que eres la tía más valiente que has conocido nunca! ¡Ayy! Respira y empuja otra vez. ¡Ayy! ¿Contento, Julián? Un momento, ¿te sonríes? ¡Desgraciado! ¡Cómo me gustaría verte a ti en mi lugar! Y a mi ginecólogo también, pariendo en el aparcamiento».

—Estoy viendo la cabeza, cariño, ¿qué hago?
«¿Salir del coche y buscar ayuda? ¡Ya no puedo hablar! ¡Empuja, Sarina! ¡Valiente, que tú puedes! Hazlo otra vez».

—¡Ya está fuera, cariño.! Lo tengo. Te lo he sacado.
«Oh, por fin, se acabó. Adiós al dolor...»
«Espera, un momento, ¿qué ha dicho? ¿"Te lo he sacado"? Pero si he empujado yo, Julián, tú sólo lo has sujetado. Ay, Dios mío... Santísima Trinidad, Virgen del Pino, sagradito corazón y San Judas Tadeo, ¡miren todos a mi niño! ¡Mi niño! Si es que no puedo hablar. Gracias. Un millón de gracias. Mira, mi amor. Lo tienes en tus manos. Tiene tus ojos. Tu boca. Es tan pequeño en tus brazos… Es precioso. Julián, ¿estás llorando?»

—Tranquila, Sarina, tranquila. Nuestro hijo está bien, yo estoy bien. Es de emoción. Lo tengo todo controlado. Pero es tan chiquitito. Es… tan nuestro. ¿Tú estás bien? y ahora, ¿qué hago?
—Sí, estoy bien. Déjame que lo coja yo. Busca ayuda. El cordón umbilical… Ya sabes.
«Sólo espero, que nos den el alta pronto. Recuperarme, volver a la parte trasera del matorral, con besitos por aquí y besitos por allá, tantas veces pueda contigo, Julián. Si es que ya me lo decía mi madre. ¡Ja!»

Autor: Maríe Yuset
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